Por los garbanzos

Diciembre 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Una de mis primeras veleidades al llegar a los Estados Unidos, fue la de creerme un ‘cocinero new age’, o sea, un chef de alto gorro con múltiples opciones inventivas. Empecé a fraguar arepas con feta, el queso griego, y a hermanar el sancocho con el Lou Mein. Parte de mis falencias de cocina debí complementarlas con llamadas urgentes a Colombia, donde mi madre pacientemente debió dictarme el próximo paso. O cocinaba o sucumbía al hot-dog y otras comidas rápidas. Me convertí entonces en un maestro de la cocina del Pacífico; nada de ella me es ajeno, ni siquiera los tamales de arroz con salmón o la sopa de camarón de río. De todas aquellas audacias culinarias, me quedó la praxis dominical para deleitar también con un Chow Mein, una paella a mi manera -existen diez mil recetas de paella- o ese plato estrella de la comida tailandesa: el Pad Thai; fideos de arroz con salsa de tamarindo, camarón, pollo, hojas de limoncillo y maní molido. De ese tiempo en Norteamérica, me quedó una manía que no a todos puede gustar. Me fascina echarle miel de maple a todo; al pan, al maíz tierno, a los garbanzos, al arroz. Algunos amigos, inclusive, llegaron a convencerme de la necesidad de dar a conocer mi talento en la cocina, y me instaron a buscar trabajo en algún hotel donde seguramente me haría hombre rico y famoso. Rehusé esas propuestas, en defensa de los lauros que ya me había traído la poesía y pensé que, después de todo, según la afirmación de Gabo, la poesía es la que cuece los garbanzos en la cocina. Ella y un poco de humana voluntad. Ayer, sin embargo, quemé los garbanzos y no dejé de ver en ello alguna metáfora. Jamás me había ocurrido; mientras leía la noticia acerca de la destitución de Petro, el posible campeonato del Deportivo Cali, el saludo de Obama a Castro y la marcha contra la violencia en Cali, mis garbanzos, aquellos que esperaba ver hervir entre la santidad del medio día y un poco de chorizo español, se fueron al traste. Una noticia desde el Japón me dejó alelado delante del procesador: acaban de inventar un pequeño helicóptero, del tamaño de la palma de una mano, 12,3 gramos de peso, 85 milímetros de altura, capaz de espiar desde el interior de una casa, rastrear sobrevivientes entre escombros. Emite imágenes; o sea, puede ser guardián de esposas infieles, hijos calaveras, maltratadoras de bebés. Pero, ello es lo más doméstico. Esta nave parecida a un avispón, podrá cruzar también el paralelo 38, en un día no lejano, para meterse en la casa de algún mandatario, en bases militares, etcétera.Desde el balcón escuché la charanga de los matachines, los diablillos que cada año piden su moneda y bailan al son del carángano que anuncia la muerte del año. A alguien se le ocurrió poner faroles sobre mi hamaca, y ahora esta quedó tamizada de esperma. El Noel de la ventana colapsó y lo encontré entre una matera, bajo una penca de sábila. El ingenio japonés no sólo deslumbra, sino que permite la carbonización lenta de unos garbanzos que nunca fueron. Los granos, por su sencillez y algunas referencias bíblicas -recordad el famoso plato de lentejas- permiten no pocas combinaciones poéticas. Deberé esperar ahora una mejor oportunidad, mientras abro ventanas para ahuyentar la chamusquina. Las próximas ‘víctimas’ serán los Judiones del Ombligo de la Reina, que así se llaman unos blanquillos o judías blancas, enormes, cuyo cultivo es orgullo y prez de tierras segovianas, tanto como la lenteja de la Armuña. Me he prometido no volver jamás a ocuparme de otra cosa que no sea cocinar, cuando ello lo amerite, pues está probado que sazonar judías y escribir una columna, al tiempo, no es buena idea. Un buen cocido o una buena columna, pero no las dos, al tiempo.

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