Pillos en la red

Febrero 03, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Si no reenvías cuatrocientas veces este mensaje, tu gato morirá por ahogamiento…”, dice al final del e-mail que algún desocupado se permite poner en mi pantalla; afirma que enero tiene cinco domingos, y este fenómeno no se daba hace más de 600 años, por lo cual es menester mandar ese mensaje a otros cuatrocientos desocupados, para que el dinero, en este 2011, fluya como arroz…He cometido, por enésima vez, el pecado de ir hasta el final de estos mensajes necios que prometen fortuna o desdicha, si reenvías o no. Pero, me digo, no hay gato, no tengo mascotas y, además, si lo tuviera, nada se sabe de felinos domésticos que gusten de nadar en estanques. Es más fácil que un gato muera de viejo, que braceando en un río, o en una pila casera.Así que mente limpia, nada de malas vibras y continúo tecleando esta columna, mientras trato de recordar el número de veces que me han escrito “princesas africanas” caídas en desgracia, las cuales requieren, urgentemente, consignar en mi magra cuenta de ahorros “US$700 millones”, previo acuerdo de un diez por ciento por el favorcillo, y la bendición eterna del pueblo Mandinga.El cuadro africano es similar; la pobre mujer era la esposa de un déspota al que acaban de derrocar. Nada sabe de él, porque lo último que vio fue a un grupo de Utus que lo echaron en el platón de una camioneta y lo llevaron desierto adentro. La pobre tiene una bodega llena con lingotes de oro, y otra con marfil. En el sótano reposan los US$700 millones en efectivo, con los que no sabe qué hacer, pues las tropas contrarias al infeliz tienen cercada la casa. El último bocado que consumió fue un trozo de pescado salado, hace como doce días. El misterio es que ahí, en ese remoto país frente a Madagascar, alguien le dio mi correo electrónico a esta infortunada mujer que desea hacerme rico instantáneamente.Claramente, sabemos lo que está detrás de este asunto, denominado Fishing (pescando), mediante el cual una red de ladrones se dedica a pescar incautos. Mucha gente cree estos cuentos, y suministra dirección, teléfono, nombre de la mascota, nombre de la abuela, número de cuenta, y en un pestañeo descubren de pronto que los han robado. Hace un tiempo me tocó hablar seriamente con una amiga médica a la que convencieron: acababa de recibir un premio muy importante en Europa -unos US$60 millones- por su “labor humanitaria”, no suficientemente reconocida. Ella que es humanitaria de verdad -le sorprendía pensar cómo lo sabían- estaba haciendo ya las cuentas de la lechera. Iba a construir un pequeño hospital en Juanchaco, zona del Pacífico donde ha realizado parte de su labor, y quería además, así me lo confesó, darle unos $100 millones -lo de los masmelos- a los pobres.No hubo poder humano que la convenciera de abandonar trámites consulares, visas y demás; estaba marchando hacia un robo seguro. La carta que le enviaron tenía sellos de una entidad europea y estaba regularmente bien escrita. Decidí no intervenir más, y finalmente no sé si fue robada. Pero el brinco de alegría al recibir una carta anunciando un premio con tal cantidad, y el ensalzamiento al ego, con conocimiento de causa, no es asunto que se dé todos los días.Creo que algunos mortales agradecen este tipo de misivas, aunque no sean ciertas, pues los hacen pensar, aunque sea por segundos, que son afortunados y famosos.Bien lo saben ya: si les escribe una princesa africana caída en desgracia, mándenla a freír chontaduros en Katanga, ahí donde Lumumba y Kazavubu se dijeron hasta misa.

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