Pescado sin radiación

Abril 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al enterarme que por una grieta en la central nuclear de Fukushima, ha llegado radiación al mar Pacífico, heme apresurado a buscar el último pescado fresco del Mare Nostrum para consumir en esta Semana Santa.Así, fui en pos de los filetes de corvina, las muelas de jaiba, las peladas plateadas, el camarón sano, con apenas unas partículas de mercurio -las cuales se disimulan bien con pulpa de coco, que no leche, pues hasta hoy no se conoce un coco vacuno-, mientras releía ese capítulo profético de ‘El otoño del Patriarca’, en el cual el mar desaparece para convertirse en un desierto parecido a Marte, con cráteres y huellas calcáreas de los que un día fueron peces.No me gustaría asistir a un museo para mostrarles a mis nietos el perfil pétreo de una cherna; o decirles, con la mirada hacia una urna de vidrio, “ésta era la jaiba, ama y señora de exquisitos guisos, y aquellos son los langostinos, camarones gigantes, sólo superados por los que pescaban en el mar de India…”.Creo, al mundo no se le está diciendo toda la verdad con respecto a los niveles de radiación que han liberado las centrales nucleares niponas, para evitar el pánico universal. Nos libre Dios de ver en el futuro próximo pargos de dos cabezas y tiburones ciegos. Hace unos días me llegó un mensaje de Internet, en el que me advertían de la necesidad de sacar paraguas, si llovía, -asunto que siempre hago-, para evitar que “la lluvia radiactiva, acumulada en las nubes, te deje calvo…”.Salí al balcón a ver llover, pero ese chubasco no me pareció nada cancerígeno. Al día siguiente, no saqué paraguas y llegué un poco emparamado, pero debo confesar que hasta hoy no se me ha caído un solo pelo.Esto de morir en medio de una lluvia radiactiva, no estaba en el guión; pero la vida es así, te da sorpresas.Sólo una de las centrales nucleares del Japón suministra energía eléctrica a 16 millones de habitantes; al igual que las francesas y las estadounidenses, las argentinas y las brasileñas, son inseguras, representan riesgo mortal para la especie humana. El plutonio en la tierra o en el mar, requiere cientos de años para desaparecer, o sea, nadie puede sentarse a esperar que se vaya de la corteza terrestre. La imagen de Chernobyl, la que es posible ‘ver’ a través de fotografías, no la que el gobierno ruso impidió contemplar en su monumental desastre, es el cuadro dantesco, el más espantoso, al que puede estar abocada la especie humana, en caso de la propagación de un desastre de esta naturaleza.Es por ello que mientras veía llover las primeras briznas del aguacero radiactivo del que advirtieron los pacifistas en Internet, envié en el aire mi solidaridad a quienes han salido en Europa y Estados Unidos a pedir el cierre de estas plantas. Ya Kenzaburo Oé, el Premio Nobel japonés del año 94, autor de las ‘Notas sobre Hiroshima’, declaró que “por dignidad”, Japón debe cerrar estas plantas, y explorar nuevas fuentes de energía. Demasiado cercanos están los estragos de Nagasaki, para no entender que hoy son menos costosos los molinos de energía eólica; la planta que ilumina a un país, puede apagar también, de un día para otro, la ilusión de la vida.Chávez, demagógicamente, dice que ha cancelado el programa nuclear venezolano. Ahmadineyad, en Irán, guarda silencio, tanto como Corea del Norte, y Sarkozy, al frente de una de las mayores instalaciones nucleares del planeta, distrae a los franceses con bombardeos en Libia. Está de por medio la salud, ya bastante maltrecha, de la vieja y buena Tierra.

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