Periodismo y literatura

Junio 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La afirmación de Tom Wolfe según la cual el Nuevo Periodismo, esa expresión que se acuñó en 1954 con la irrupción de un género que barnizaba las noticias con técnicas del cuento y la novela, no era tan nuevo, ahora nos parece justa. Tiene equilibrio porque reconoce que en esta generación, aquella crónicas que hacían soñar al lector desde publicaciones como Life, Enquire, el New York Times y Times, entre otras publicaciones, no aparecieron por generación espontánea, sino que eran hijas de una tradición.Wolfe desengaña así a quienes creen que ese “nuevo” estilo de periodismo apareció con ellos, con los que eran capaces de ir hasta pueblos remotos para hablar con los padres de unos jóvenes homicidas –caso de Truman Capote- y construir una novela realista que navega a dos aguas, entre el periodismo objetivo y la literatura.La obsesión en el periodismo por la literatura, y a su vez, en ésta por las técnicas y reglamentos del periodismo, se fundió en un matrimonio afortunado.Pensemos en lo que tiene de “periodismo” una novela como ‘La hoguera de las vanidades’, donde todo el honor, la gloria, la respetabilidad de un ejecutivo de Wall Street, se va al traste por el seguimiento escandaloso que le hace un periódico de amarillo de la urbe, un tabloide de Nueva York que encuentra en su tragedia un novelón para mantener lectores cautivos por varios meses. El protagonista de esta historia encuentra el infierno, cuando se equivoca en un cruce y no toma el camino correcto hacia la isla de Manhattan, donde vive, sino hacia el Bronx, donde le esperan montañas de basura, sombras que él intuye torvas y amenazantes desde las esquinas. Acosado por los nervios, atropella a un joven que se acerca a su auto, quien a la postre resulta un líder destacado de su comunidad, miembro además de un templo de esa vecindad.Así, la vida del próspero ejecutivo de Wall Street, quien representa en la novela los valores del ‘Main Stream’ estadounidense, un exitoso padre de familia, con una esposa amantísima, cae en la picota pública.Paulatinamente, desciende de la tabla de surf que lo ha llevado por olas azules, hacia una cúspide perseguida por sus pares en ese mundo competitivo de la bolsa de valores, y cae estrepitosamente desde la cresta, hacia un pavimento donde sólo escucha voces de acusación, injuria, insultos.Mailer, por su parte, llevó a buena parte de sus obras su vida en Nueva York, una ciudad donde vivió y trabajó, pues nació en New Jersey, estado vecino, el 31 de enero de 1923, en la localidad de Long Branch, con el nombre de Norman Kingsley Mailer . Falleció en Nueva York el 10 de noviembre de 2007.Norman Mailer, de origen judío, tuvo siempre obsesión por la escritura, al punto que ya a los 18 años dio a conocer su primer relato. Su crianza transcurrió en el condado de Brooklyn, Nueva York. En 1939 dio inicio a sus estudios de ingeniería aeronáutica en la Universidad de Harvard. Allí empezaría a interesarse seriamente en la literatura.A inicios de los 60 apuñaló con un cortaplumas, de forma no muy grave, a su segunda esposa, de origen hispano, Adele Morales, en el transcurso de una fiesta, lo cual le trajo complicaciones judiciales.Escribió su último libro al alimón, con su hijo John Buffalo Mailer. El volumen lleva el título de ‘El gran vacío’ (The Big Empty).Al igual que Hemingway, Mailer tuvo la dolorosa experiencia de la guerra, esta vez en la Segunda Gran Conflagración, a la que marchó como soldado destacado en el Pacífico Sur. Vio fumar de cerca al General Douglas Mc Carthur, en su pipa de caña, y en 1948, cuando ya se había apagado el humo de la refriega, sorprendió al mundo con su novela ‘The naked and the Dead’ (Los desnudos y los muertos), donde dio testimonio asombroso de lo que vio en aquella guerra.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad