Perfume de cacao

Junio 05, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al Monstruo Comegalletas le salió un rival todavía más temido, condenado hoy a cinco meses de cárcel en Bogotá: el Terror de las Chocolatinas.El hombre se acuesta temprano y en las noches sueña con batidos de cacao; tiene pesadillas con grandes pailas de color café, desde las que chorrea un espeso y caliente líquido que, posteriormente, combinado con maní, se convierte en Milky Way, en Ghirardelli, en Toblerone o en Snickers.Se trata de un ciudadano experto en sustraer de los supermercados todo aquello que tenga perfume de cacao. No se sabe si en ocasiones se inclina por la humilde y criolla chocolatina Jet, si colecciona las monas del Tiranosaurius Rex, del pirarucú o de la tortuga laúd del Mediterráneo. Asegura que el fruto de esos pequeños robos le sirve para pagar una habitación en el centro de Bogotá. Las cámaras de los supermercados lo han identificado en diversas ocasiones; está acostumbrado al pito antes de salir de estos paraísos chocolateros y parece no importarle ya la difusión que se ha hecho de su caso. Quizá porque los responsables de la muerte de 33 niños en Fundación, Magdalena, todavía no han sido procesados, y el Monstruo de los Andes, violador de más de 1.234 niños, disfruta hoy de libertad. No parece importarle el escándalo que ha producido la noticia de su encarcelamiento, porque en Colombia todavía no se conocen los asesinos de Galán y Álvaro Gómez -nadie sabe todavía quién mató a Gaitán-, y los culpables del crimen de 11 diputados de la Asamblea del Valle, beben daiquirí y comen langosta en los Hoteles de La Habana, por cuenta del pueblo colombiano.A nadie debe llamar a sorpresa, la libertad, más temprano que tarde, de los Nule, quienes desfalcaron al país a través de contratos que suman miles de millones de pesos. Es por todo esto que la puesta en prisión de un hombre que roba chocolatinas, ha despertado la indignación de un país que protestó también, hace un tiempo, por el prendimiento de un ladronzuelo que robaba caldos Knorr.Es ladrón el que roba un pan y el que asalta un banco. En ambas ocasiones se cumple la transgresión de un límite impuesto por la convivencia, por la ley y la religión: no hurtar. Sin embargo, se cometen tantos delitos atroces, diariamente en Colombia, que la cárcel para el Terror de las Chocolatinas, en una fría celda de La Picota, no despierta más que indignación.El reo suma ya ocho condenas y 46 procesos, todos por robo de chocolatinas. Aunque son hurtos que, como en el último caso, no superan los 15.500 pesos, hurtos son. Ya en los almacenes de Bogotá, los guardias de seguridad temblaban cuando lo veían llegar. Sabían que en sus bolsillos iría, otra vez, una chocolatina tomada de una góndola, de manera subrepticia.Este 11 de junio, 4 días antes de elecciones, enfrentará otro proceso. Aunque aseguran que parte del dinero de la venta de estos confites es para sobrevivencia, su abogada manifiesta que se trata de una persona con estudios, cuatro idiomas, un pasado próspero en los Estados Unidos.Quizá la mejor defensa de este, el convicto más inocente de Colombia, sea la de alegar salivación excesiva, contracción de papilas gustativas cuando se está delante de una barra de chocolate. Esta defensa, es claro, linda con lo mórbido, y no es posible condenar a un enfermo compulsivo, de la misma manera que es ilícita la pena de muerte para un enfermo mental.

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