Papel y tinta

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Para nadie es un secreto que el mundo financiero se derrumba, como...

Papel y tinta

Septiembre 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Para nadie es un secreto que el mundo financiero se derrumba, como la serpiente que se devora a sí misma, sin mirar a los lados.Desde que se inventó el dinero como valor de cambio, se inventaron también las desigualdades sociales, el hambre, la vida a crédito, la zozobra, el no llegar a fin de mes, las apariencias, la envidia, el sentido de la imitación. La vida verdadera pues, a la que está llamado todo el que nace, una existencia plena de alegría, proteínas y armonía con sus semejantes, derivó hacia el enfrentamiento entre pueblos, la lucha por la tierra y los alimentos, la carrera por la supervivencia.Lo que está ocurriendo en el mundo produce vergüenza; son millones las familias que pierden sus casas, sus autos, sus ‘niveles’ de vida y se ven abocadas a la indigencia, mientras los gobiernos protegen la usura bancaria. Así en Europa como en Estados Unidos, América Latina y las naciones africanas, donde en pleno Siglo XXI miles mueren de hambre.Lo que se presenta pues como un reto a quienes inventaron el mundo basado en el oro y el dinero, es la posibilidad de salvarlo. Una solución sencilla pero audaz, sería la de poner billetes, muchísimos, en los bolsillos de los pobres. El dinero, al fin y al cabo, es papel y tinta.Se trata de poner a funcionar vertiginosamente las máquinas impresoras de billetes, no para tirarlos desde aviones, como los bultos de arroz y trigo que caen diariamente sobre el Cuerno de África, mientras los hambrientos se los disputan a dentelladas. No; hay que abrir una ventanilla donde ordenadamente hagan fila los pobres del mundo, desheredados de la tierra, para que cada uno reciba una suma importante que le permita atender con solvencia sus expectativas.Así, la explosión de consumo al día siguiente, hará subir automáticamente los índices de las bolsas mundiales; millones de pobres comprando alimentos, casas, autos, bienes de consumo, televisores de plasma, Ipods, tiquetes aéreos, obligarían, en menos de quince días, a triplicar la producción en las naciones generadoras de productos de alta gama, además de poner más pescado en la red para millones de nuevos turistas. La solución está a la mano, pero requiere valor, innovación, un espíritu capaz de transformar el mundo, un ademán abierto, heroico, que permita salvar la especie humana, enfrascada desde hace siglos en la rueda lenta de los sueños truncos.El mundo de los nuevos pobres, de los millones que salen hoy a sentarse en Puerta del Sol en Madrid, o en las aceras de Wall Street en Nueva York, pide leche con cereal en las mañanas, y la renovación del amor y el equilibrio de parejas, desde su perspectiva natural, no condicionada por las carencias económicas, ajenas a la especie humana. Pues no se conoce ningún bebé que nazca con una bolsa de oro o de billetes verdes atados al ombligo. Todos nacemos desnudos, puros, y desafortunadamente terminamos moldeados por las miserias que trae consigo la lucha por la vida, determinada por la tiranía del dinero.No más zozobra, pues, para las estirpes “condenadas a cien años de soledad”. A imprimir dinero y a ponerlo en manos del hombre de la calle que naufraga hoy en medio del asfalto, sin que nadie le tire un cabo. Es un asunto de voluntad, decisión, papel y tinta. Cuando los pobres se harten de comer y de gastar, veremos cómo se va a depurar la condición humana. Lo que va a quedar ahí al fin, después del magno experimento, será lo más refinado de la especie, aquellos que no necesitan dinero para conjugar el verbo ser. Veremos flotar el espíritu.

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