Otro robo sacrílego

Julio 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La primera vez que oí hablar de Almanzor de Córdoba y de Turpín, así como de los Caballeros de la Mesa Redonda, fue por boca de un pescador de Ladrilleros, que a su vez escuchó estas historias de alguien que encontró un libro “rebalsando en el mar…”. Quise traerlo a Cali para que contara sus historias, mucho antes del apogeo de la cuentería, pero no le alcanzó la vida. Tenía en su haber una narración fabulosa, de moros y cristianos, una guerra genuina que llegó a él por tradición oral, y que en estas playas del Pacífico era sólo el “berembembén de la turquiza…”, o sea, una pelea de ‘turcos’ en tiempos de Abderramán, el príncipe Omeya.He vuelto a recordar a mi amigo pescador, porque el Códice Calixtino, que acaba de desaparecer de la Catedral de Santiago de Compostela, nombra gente que para él era tan cercana, tan familiar. Carlomagno, el papa Calixto, el apóstol Santiago.Santiago de Compostela clama para que el libro aparezca en la víspera del jubileo jacobeo, este 25 de julio. Manuscrito del Siglo XII en el que se cuentan 22 milagros del Apóstol, tiene sermones y misas, preciosamente ilustrados, así como consejos a los viajeros que hacen la ruta de la Vía Láctea. Todo narrado en latín medieval, con partituras corales y dibujos que son materia de estudio en las universidades del mundo. Santiago, también conocido como Jacobo -Saint Jacques en francés, Saint James, en inglés- fue apóstol y mártir. Murió decapitado, y en el lugar donde apareció su cadáver, perdido durante mucho tiempo, se erigió la Catedral de Santiago de Compostela, una de las joyas del mundo cristiano. El lugar exacto donde estaba su cadáver, fue señalado por una estrella. De ahí que el terreno, en el Siglo IX, fuera reconocido como Campus Stellae -campo de la estrella- o Compostela.Estar ahí es una de las experiencias más fascinantes que un viajero pueda tener. Primero, ver llegar a centenares de peregrinos que hacen la ruta desde Francia o a través de España, por montes, collados, valles y bosques umbríos, en pos de la señal de los siglos: conchas marinas enterradas en senderos, árboles, puertas de antiguas casas que son también hospitales. Algunos hacen el camino en bicicleta o, parte, en automóvil. Pero el esfuerzo mayor se da a pie, y a la manera de Santiago; con el sombrero que lleva al frente la concha marina, además de un cayado, y un hatillo o zurrón donde se lleva agua, pan, un poco de chorizo o cecina.El templo posee el incensario más grande del mundo, -‘botafumeiro’, en gallego- el mismo que en este julio volverá a ser empujado por seis levitas. ‘Vuela’ sobre las cabezas con su perfume de mirra tostada.Los gallegos creen que tocar tres veces con la frente la columna de piedra en la entrada, “abre el entendimiento”. Asunto maravilloso ahí, es poner la mano sobre una piedra que ha sido labrada por el roce de los siglos. La piedra tiene ya en su canto, la forma de una mano; conmovedor, como ir hasta la catacumba, para ‘abrazar’ al santo. Está ahí el féretro del Apóstol, resguardado, no tanto como el Códice, el mismo que abre hoy una historia que parece hecha para Dan Brown, el autor del ‘Código Da Vinci’. La policía gallega revisa minuciosamente miles de filmaciones hechas por las cámaras de seguridad. Pero el Calixtino desapareció de su urna, y al momento del robo encontraron los candados puestos. Como si se hubiera esfumado en alas de los cantos corales del medioevo: “Benedicamus sancti Iacobi: exultet celi curia…”.

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