Nuestro Mutis

Septiembre 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En una cena con Álvaro Mutis en México, le pregunté al verlo, “¿Cómo está, poeta?”, y me respondió con su clásica ironía, “aquí tratando de salir adelante en México…” El ágape había sido convocado por Mario Rey, profesor, escritor y coordinador de la Semana Cultural de Colombia, con su revista ‘La Casa Grande’.García Márquez tiene razón cuando dice que Mutis era generoso con los jóvenes y los instigaba a la poesía, los pervertía con libros secretos. Estaban ahí, en la mesa de la Casa Grande, varios jóvenes literatos de Colombia, además de Marta Senn y Fernando Vallejo, quien temprano nos había deleitado con unas sonatas al piano.Hacía unos años había conocido a Mutis en casa de Amparo Sinisterra de Carvajal, en un chisporroteo de inteligencia que flotaba entre los arreglos florales y los canapés calientes. Estaban ahí Fernando Cruz Kronfly, Rafael Humberto Moreno-Durán, Álvaro Burgos Palacios, Gonzalo Mallarino, Adolfo Carvajal Quelquejeux, Álvaro Castaño Castillo, Claudia Blum de Barberi; a la postre, directora del Festival Internacional de Arte, Belisario Betancur. La concurrencia estallaba en carcajadas sucesivas, con Mutis al centro. Él, que en el concepto de Gabo, había encantado con su verba a Mónica Vitti, a Francesco Rossi, a Fellini, y a lo más granado de las letras italianas, hablaba alto y grave, como un arzobispo medieval, llevaba su audiencia al paroxismo, con historias como aquella de urdir un plan para envenenar a todos los tríos que cantan en los comedores de los hoteles latinoamericanos. Es verdad, detestaba el bolero.En la cena de México, recordó sus días juveniles en Buenaventura, cuando escapaba a La Pilota, la zona de tolerancia, donde mujeres desnudas lo cuidaban entre el calor y la charanga. Entre sus múltiples y raros oficios, había ejercido uno que también desempeñó mi padre: agente de seguros, en el área de siniestros; no podía olvidar el caso de un camión sumergido en la bruma de los abismos, en la vieja vía al mar. “Debimos bajar al abismo con lazos y amarrar al conductor, un hombre bastante robusto, que por poco nos tira por el barranco. Nunca lo pude olvidar, lo recuerdo cuando se nombra a Buenaventura”, decía.No queda duda que muchos fragmentos de “La última escala del Tramp Steamer”, “Abdul Bashur, soñador de navíos”, e “Ilona llega con la lluvia”, fueron tomados del puerto, de esas calles largas “por las que soplaba una brisa piadosa”.La herrumbre, el olvido, la muerte, materia en descomposición, líquenes, barcos viejos, marineros sin destino, hicieron parte de una poética que Mutis fundó, por la que hoy el mundo reconoce su aporte y adelanta un réquiem de honores.Hace mucho que la muerte de un poeta no ocupaba la primera página de los diarios. Mutis tuvo muchos contradictores, particularmente en Colombia, animados por la envidia, por la negación sorda de sus altísimos méritos literarios. Ello es comprensible, porque somos un país difícil, pugnaz. Si García Márquez se hubiera quedado aquí, ya estaría desacralizado y no calificaría para ser invitado al Festival de las Letras en Quimbaya, Quindío.La poética de Mutis me atrapó desde “Los hospitales de ultramar”, desde esos trenos de desesperanza que se encuentran en “Caravansary”: “El otoño es la estación preferida de los conversos. Detrás del cobrizo manto de las hojas, bajo el oro que comienzan a taladrar invisibles gusanos, mensajeros del invierno y el olvido…”Y su Nocturno, -“Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales, sobre las hojas de plátano, sobre las altas ramas de los cámbulos…”,- es una cima de la poesía colombiana.

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