Nosotros, los plebeyos

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No tengo ningún interés en la boda de Guillermo y Kate, y...

Nosotros, los plebeyos

Abril 28, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

No tengo ningún interés en la boda de Guillermo y Kate, y tampoco me preocupa el noviazgo de Shakira y Piqué, o los comentarios malintencionados que no entienden por qué nuestra cantante barranquillera decide enamorarse de un muchacho diez años menor, y no tan ‘pintoso’ como el argentino; ella tiene derecho a elegir a quién amar. Igual cuando la diferencia de edad es notoria entre varones y mujeres, no pasa nada. Todo el mundo celebra el que un vejete encuentre a una muchachona buenamoza.Esto de las bodas reales, sin embargo, concita la mayor atención entre las clases medias y altas, a las que delante de la monarquía y la aristocracia, les queda el recurso de la imitación. Que las copas, que el bouquet de la novia, que si llovió, que los pajes, a los que es menester llamar wedding pages, para estar a tono con la ocasión.No lo niego, madrugué hace 30 años a presenciar por televisión la boda de Lady Diana y Carlos de Inglaterra. Me conmovió el fasto en la Catedral de San Pablo, donde la cámara hizo un picado para ver el ascenso de la pareja hacia el púlpito. Blanca y radiante iba la novia, como en la canción de Lucho Gatica, con un velo y una cola que jamás habíase visto en esos contornos. Me incliné devoto, también, frente al puente de París donde Diana perdió la vida; ahí, muchos visitantes dejan diariamente flores, globos en forma de corazón, esquelas con letra trémula y también mensajes muy originales; como el de un cocinero mexicano de la Rue Pigalle, que manifiesta: “Mientras esta princesa follaba con un árabe en un yate, en el mediterráneo, yo estaba metido en una pinche cocina, lleno de aceite hasta las orejas…”.Cometí la plebeyez de comprar en una tienda de vinos de Salamanca, una botella en cuya viñeta aparecían las efigies de Felipe y Leticia, los Príncipes de Asturias, poco antes de su boda. La traje a Cali y la entregué a mi madre con la pompa de los asuntos trascendentales, y esperé por varios años beberla, a ver si con una copilla me contagiaba, en algo, del discreto encanto de la realeza. Pensé que esa botella la abriría en una ocasión de gran tronío, pero en uno de mis viajes desde el Norte, descubrí que alguien la bebió y no dejó ni una sola gota. Debí conformarme con mi plebeyez -la aristocracia no se ingiere ni se vacuna- y la botella está hoy al fondo del bar, como un buen recuerdo de aquella boda. La viñeta está algo manchada, lo que indica que el gollete no fue girado apropiadamente a la hora de la ingesta. Como mandan los cánones, está numerada con el 96, y una nota guasona: “Cura Argüeso garantiza que este vino está moro, sin agua, y que ninguna mano pícara se ha atrevido a regarlo…”. En su ficha de cata, dice que es de “color violáceo, con tono rubí, frutas silvestres, grosella, mora y bayas muy maduras”, y en su apunte de boca se acredita como “potente, carnoso y persistente, con una ligera acidez que le da longevidad…”.¡Ah, quién habrá bebido mi vino de Príncipes!; me pregunto si logró el propósito de paladear por apenas unos segundos ese bouquet real que perseguimos los de a pie.Por hoy, sólo me queda esperar que el Marqués de Vargas Llosa, me invite un día de estos a unos vinachos, a ver si esta uva garnacha me redime de la ordinariez que uno como mortal debe soportar todos los días.Los que no pudimos ser príncipes ni reyes, al menos cultivamos el ademán hidalgo que nos depara un buen vino; aunque sea peleón e invoque al Quinto Regimiento en una cueva de Zamora.

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