Necesitamos un tsunami

Necesitamos un tsunami

Marzo 17, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Tanto carro bamboleándose en un tsunami, y uno aquí haciendo esfuerzo para comprarse un carrito por cuotas…” me decía un amigo el sábado pasado, al ver la cantidad de autos Toyota, Honda, Mitsubishi, Susuki, Nissam, arrastrados por la furia vesánica del mar, en la peor tragedia que haya padecido la legendaria Cipango.Sí, lo que arrastraron las aguas, independientemente de esas miles de vidas preciosas, de esos finos carros, de esas bien construidas casas, fue un modelo de vida, una elección existencial o lo que podríamos definir como una cultura.El primer ministro japonés, Naoto Kan, admitió que es lo peor después de Hiroshima. Era como si después de esas paredes de agua que arrasaron las cuatro islas, fuera a escucharse, otra vez, la voz apagada del emperador, declarando la rendición, ya no ante el fuego atómico, sino delante de la naturaleza.Pero, Japón, tierra del Shogun, del gobernador militar que ayudó a forjar la disciplina de hoy, no se rendirá. Este pueblo que inventó al Samurai, a Yasunari Kawabata, a Kenzaburo Oe, a Yukio Mishima, volverá a levantarse. Una tragedia de esta dimensión, la cual necesitaría entre nosotros al menos dos décadas -o más- para dar pasos hacia una reconstrucción, a los nipones les tomará un par de años.¿De dónde viene el temple, la decisión, la fe, el talento, la inteligencia; por qué una nación que tiene cinco veces menos el territorio de Colombia, con una población que triplica a la nuestra, con escasos recursos naturales, y con un solo mar, -pues lo que llaman el Mar del Japón, que mira a la península de Corea, es el mismo Pacífico-, es 100 veces más rica e influyente que nosotros?El día que en Colombia fabriquemos un computador, un automóvil, un televisor de plasma, un teléfono inteligente, un avión, pieza por pieza, el motor de un barco de pesca, una cámara digital, empezaré a pensar que estamos cambiando. Que acaso dejaremos de ser el país del Bullerengue y el Canutillo, y estamos en camino hacia un progreso verdadero.Pero los pueblos no sólo necesitan disciplina, sino también honradez. Hace un tiempo escuchaba a un colombiano, comentar, entre aterrado y estupefacto, que en Japón los obreros dejan ‘tirada’ la motocicleta en la calle y se van a almorzar. Le parecía absurdo, pues en nuestro país nadie es capaz de abandonar su vehículo -sea moto, carro o bicicleta- sin antes dejarlo en un parqueadero, súper recomendado a un ‘bien cuidaíto’ o amarrado con doble candado, cadena o guaya.Si cumpliéramos al menos dos de los mandamientos -no robar, no matar- estoy seguro que seríamos un país mejor. Pero, la realidad nos devuelve a políticos y contratistas -no se sabe cuál de las dos raleas es peor- entregados a la arrebatiña del fisco, delito peor que el narcotráfico, si se tiene en cuenta el monto del botín anual, con sus desastrosos efectos colaterales: menos niños en la escuela, más hambre, obras públicas que cuestan cinco veces más de su valor real, madres cabeza de familia abandonadas a su suerte, falta de vivienda, escasa salud, improvisación.Colombia tiene también una deuda muy grande con el quinto mandamiento. Se ha transgredido, durante muchos años, la norma. Se ha cruzado la línea que separa el bien del mal, y es mucha la sangre que ha regado la tierra colombiana. Tras ella está el ánimo vindicativo, la ira, la rabia, la tristeza.Nosotros sí necesitamos un tsunami; para renacer, para ser otros, para olvidar que un día vivimos en medio de la villanía.

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