Morir un 20 de julio

Julio 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Apuñalado en el suelo, con los estantes vacíos, la caja registradora arrancada y el gorjeo de los pájaros afuera, yacía el cadáver del administrador de la pequeña tienda de licores de la Avenida Octava Norte. Esta fue la imagen que encontró a las diez de la mañana de ayer su compañera de turno, mientras lejos se escuchaban los clarines de la fiesta de Independencia.Muchos policías apiñados frente al lugar, me hicieron pensar inicialmente, desde el séptimo piso del edificio vecino, que quizá se trataba de una avanzada hacia el desfile, pero una cinta amarilla entre el pequeño lugar y un antejardín vecino, daban muestras que se trataba de un hecho criminal.El hecho debió ocurrir antes de las 3 de la madrugada y nadie alrededor se enteró. “No se oyeron disparos anoche”, se comentaba, pero luego el portero del edificio afirmó que el asesinato se había perpetrado con arma blanca, la cómplice del silencio.“Se llamaba Fernando”, comentaron y entonces pude recordarlo, en una sucesión de más de diez años, junto a su compañera de labores. Una breve isla frente al negocio, permitía aparcar para comprar el vino; circunstancia que evitaba ir a lugares más lejanos. Ubicada a medio camino con la casa de los amigos, no era necesario ya decir desde la ventanilla la marca o la cepa; en ocasiones él o ella cruzaban la marquesina metálica que permitía pasar sólo la botella y la mano con el dinero, para salir hasta la avenida a traer el Merlot español, argentino o chileno.Con más tiempo, uno podía compartir. El hombre que fue asesinado en la madrugada de ayer, era solícito a la hora de recomendar un vino. Calaba unas gafas bifocales e iba pasando un paño a las botellas que por alguna circunstancia tenían ya polvo de la calle. “Creo que debería llevar este Malbec, afrutado, fresco, y con estos calores… está especiado con toques de arándano”, decía, o recomendaba un tempranillo, seco, en los días de lluvia.“No volvimos a traer Casillero”, me dijo un día, y me ofreció, como un tesoro, en el pasado octubre, la última botella de Marqués de Riscal. “Vendemos vinos chilenos o argentinos, que no pasen de veinticinco mil; tienen más salida”, conceptuó con ademán doctoral.Aunque nunca supe sus nombres, me eran familiares en el tránsito hacia algún ágape de poetas. Lo recordé especialmente en diciembre, cuando la ciudad se hace fiesta y el neón de su tienda parecía bailar con la música de la calle.La marquesina metálica que da a la avenida, la de la ventanita, está tapiada ahora con la persiana metálica. Llega luego el furgón de Medicina Legal, y de él descienden varios agentes con batas blancas, guantes.A la puerta del lugar ahora cerrado, una mujer de luto llora sentada, mientras crece el enjambre de curiosos y pienso de qué manera la ciudad se transforma con la muerte, se borran sus tránsitos, se aniquilan sus rutas.Quizá no volveré ya a detenerme ahí. Este cruce de palabras con quien ya no está, ha sido extinguido, hace parte del pasado. O la sonrisa de la mujer que hacía el turno diurno, quien ponía un ademán triste para decirme que sólo había Cabernet, porque sabía, de antiguo que sólo elijo Merlot.El neón apagado del pequeño lugar en la Avenida Octava Norte nos dirá que algo se va muriendo en una ciudad donde la vida no ha vuelto a valer nada, donde a cualquier hora del día y sin ningún control, ves pasar, otra vez, motos con parrillero, carros que parquean en las aceras, vídeos de atracadores que entran a cara descubierta en restaurantes, para echar en tulas billeteras, celulares, bolsos. Cabizbajo, saqué la bandera tricolor al balcón, pensando en cuán lejos estamos de vivir una verdadera paz. Sigue en Twitter @cabomarzo

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