Morir por un celular

Abril 19, 2017 - 11:55 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Daniela García es una estudiante de Diseño de la Universidad de los Andes, 22 años, que anteayer fue encontrada en la vía, a la salida del Transmilenio en Bogotá, con un disparo en el cuello.

Fue llevada de urgencia al Hospital de Suba, y hasta el momento de escribir esta nota, los cirujanos hacían esfuerzos por salvar su vida.

El motivo: atraco. Un desadaptado quiso quitarle seguramente el bolsito donde llevaba el celular, unos poco pesos y una tarjeta de crédito.

La escena se repite diariamente en Colombia, y como acaba de afirmarlo el Papa en su homilía de Viernes Santo, nos hemos acostumbrado a la desgracia diaria y a las imágenes de la muerte, como algo cotidiano.

Además de buscar la paz, de pretender cuidar el ecosistema, los colombianos tenemos un compromiso fuerte con la preservación de la vida de nuestros semejantes, con el respeto a lo más sagrado que puede tener un ciudadano y su familia.

Me conmovió muchísimo la carta que envió Christine, hija de Maurice Armitage, a la opinión pública, donde reafirma lo que ya sabemos: su padre no es Superman, ni podrá en el tiempo de gobierno que le queda, arreglar todos los problemas de la ciudad. Pero de otro lado, sabemos también que nuestra ciudad está hoy más insegura que nunca. A diario se le quita la vida a alguien por un celular, y en las barriadas, hasta por unos tenis.

Terminar con la desigualdad de un día para otro es una utopía; ningún gobernante latinoamericano puede hacerlo, Pues además de que no existen recursos, los existentes están expuestos a la eterna rapiña de la corrupción. Mejor dicho, estas repúblicas hay que volver a hacerlas, reconfigurar todo el disco duro, crear una política educativa donde a los niños se les enseñe a luchar contra la envidia, la maledicencia y la calumnia; un niño, desde muy temprano, debe aprender a no compararse, a valorar lo que Dios bien le ha dado y mejorarlo, sin vulnerar los derechos de sus pares. En una sociedad bombardeada diariamente por la publicidad, son pocos los que han cultivado la coraza para entender que no es posible llevar siempre ropa de marca, joyas costosas, emprender viajes, comprar autos de lujo. Qué daño grande nos ha hecho el narcotráfico y sus ejemplos perniciosos. Son muchos los colombianos en la aventura de enriquecerse de la noche a la mañana, a cualquier precio.

Colombia debe crear con urgencia el Ministerio de la Nueva Escuela, cuya misión fundamental sea recuperar los valores morales, hoy mancillados en las calles, a la vista de todos. Sicarios que tocan con la cacha de revolver en los parabrisas, familias que regresan de compras, del cine, de la pizza, y no encuentran su vehículo porque alguien se lo llevó; jubilados inermes que son esperados al salir de los cajeros. Pienso en la señora que llora en una esquina de Cali porque acaban de arrancarle sus aretes, su anillo de boda.

Es importante cuidar y vigilar la semilla para que esta produzca buen fruto. Escuelas donde sea posible enseñar el temor de Dios -el laicismo es otra plaga que recorre hoy Colombia- donde los jóvenes aprendan a respetar y honrar a sus padres; donde se entienda que robar, aunque sea un lápiz, un libro, un disco, es pecado. Ese lugar pequeño y limpio donde maestros y profesores vuelvan a enseñar que la gula, la avaricia, la envidia, enrarecen la personalidad, no permiten el desarrollo de mejores colombianos.

Termino esta columna con una oración por Daniela García y todos los colombianos que diariamente ven amenazadas sus vidas en las calles. La paz no es solamente una dejación de armas, sino poder salir a pescar de noche, montar en bicicleta a cualquier hora, empoderados de nuestro albedrío, ir por campos y ciudades con la seguridad que nadie, absolutamente nadie, nos acecha.

Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas