Morir en Mocoa

Mayo 01, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Que un joven europeo, de 19 años, venga a Colombia en busca de un paraíso artificial, la toma del Yagé, y muera en el intento, me hace pensar en esas decenas de muchachos que llegan diariamente a nuestro país en busca de sensaciones fuertes.Según anota el diario británico Daily Mail, el hostal donde se encontraba el joven Henry Miller, ‘La casa del río’, en Mocoa, promociona en su página de Internet la experiencia del Yagé.El Yagé es un paraíso prohibido para iniciados. Quien lo toma, debe ir de la mano de un taita, de un chamán, que le sirve de copiloto. La bebida, aseguran, sirve de “limpieza” y permitir “ver” el futuro.Desgarra saber que este chico llevaba el mismo nombre de uno de los grandes escritores malditos de Norteamérica. Podríamos pensar ahora en vidas paralelas. Miller el viejo nació en Nueva York un 26 de diciembre de 1891. El Miller inglés venía de uno de los puertos más bellos del mundo, Bristol, donde nació el poderío naval de ese país. Inspiración para autores bohemios, con altar propio en el Nadaísmo, Miller contó entre sus obras Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, además de Sexus, Plexus, Nexus, Primavera Negra y El Ojo Cosmológico, quizá el que buscaba el joven Miller en Colombia.“Boris es un profeta del tiempo y dice que éste seguirá empeorando. Habrá más calamidades, más muerte, más desesperación. No se observa la más ligera indicación de un cambio... Debemos llevar el paso, cerrados en fila hacia la prisión de la muerte. Imposible escapar. El tiempo no cambiará...”, dice Miller en su ‘Trópico de Cáncer’. El taita que guió al Miller inglés en Colombia, se llama Guillermo Mutumbajoy; pertenece a la tribu Kamentsa. La segunda toma de Yagé lo hizo tender en el suelo con gruñidos “parecidos a los de un cerdo”, dice su amigo Cristhoper Dearden, quien también le observó “deseos de volar”. El Yagé es conocido también como “el vino de la muerte”, y en la literatura quien mejor describe esta experiencia es Horacio Quiroga.“No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso. Todo lo que era literatura se ha desprendido de m텔, anotaba Henry Miller en su Trópico. “Soy británico, mi nombre es Henry Miller”, empieza diciendo en su último vídeo el joven que vino hasta nosotros, hastiado quizá de los claustros de la Universidad de Brighton. Quería gruñir como los cerdos, volar como las águilas. “Los tentadores labios demasiado carnosos pueden crecer en las profundidades del cerebro como una vagina doble, trayendo aparejada la enfermedad más difícil de la carne: la melancolía”, sentenciaba el escritor en ‘Sexus’. La guerra, el nihilismo de los tiempos, el licor, el sexo como adicción, hicieron de él un autor prohibido en la París de 1930, donde, así afirmaba, dormía cada noche debajo de un puente distinto. Precursor de la generación Beat, fue amante de Anaïs Nin.Nuestro Henry Miller, experimentó en Colombia lo que en Italia se llama ‘El síndrome de Stendhal’, ese deseo de conocer y probar todo. Estuvo en San Gil y en Villa de Leyva, amaneció en Bogotá, pernoctó en Popayán, vio las malvas de Cali desde un hostal de San Antonio, se extasió en Santa Marta con el mar de Taganga, fue hasta San Agustín, pero algo quedaba en el tintero. Por eso fue a Mocoa; también quería soñar.

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