Morir en Corea

Abril 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Corea”, lo llamaban e iba por las calles con la camisa arremangada hasta los bíceps, el pelo engominado y un tatuaje; perteneció al batallón de 4.314 hombres que el gobierno del presidente Laureano Gómez envió a luchar “por la libertad” en Corea, el 30 de junio de 1950.Como tantos otros que regresaron de una refriega que no les pertenecía, envejeció esperando un cheque del gobierno, algún reconocimiento por haber puesto el pellejo cerca del río Amnok. En aquella guerra, 163 compatriotas perdieron la vida, 448 fueron heridos, 28 fueron hechos prisioneros -finalmente canjeados- y 47 desaparecieron; sus familias recibieron un marconigrama de condolencias.La misma historia del coronel de García Márquez que iba hasta el muelle del pueblo a esperar una lancha que seguramente lo sacaría de apuros, del dolor de vender el gallo, su único patrimonio. La enemistad de los coreanos del sur y del norte, absurda como la vieja rencilla entre alemanes hermanos, viene de la repartición del mundo que hacen las potencias al final de los conflictos. Cuando el emperador del Japón anunció rendición el 15 de agosto de 1945, Estados Unidos, China y la Unión Soviética dividieron Corea en el Paralelo 38.Ente ambas naciones, al Norte y al Sur, se dejó una franja desmilitarizada, de cuatro kilómetros.El símbolo del Batallón Colombia era un león de perfil, armado con espada sobre los colores de la bandera. Después del retorno de los veteranos, se dijo que estos “significaron una importante inyección de modernidad en la tropa colombiana, principalmente en la lucha contra el bandolerismo…”. Sin embargo, uno de estos veteranos, en Buenaventura, se convirtió en personaje folclórico. Jamás estuvo en combate, pues hizo parte del cuerpo de vigilancia del armisticio, pero su condición de ‘héroe de Corea’, le permitía disparar por cualquier motivo en los bares y en las fiestas patronales; se jactaba de tener protección de “los organismos de seguridad”. Por el rango que había recibido al volver de la guerra, pretendía, ya ebrio, que los infantes de marina se cuadraran marciales a su paso.Ahora que las dos Coreas se muestran los dientes, otra vez, uno se pregunta dónde están las tumbas de estos 163 soldados colombianos que murieron lejos de su casa, convencidos de ayudar a la libertad y la paz del mundo.Se espera que al gobierno de Santos no le dé ahora por reeditar ese capítulo de patria boba, enviando otro batallón a combatir al hijo de Kim Jong Il, a quien los norcoreanos le conferían origen divino. Decían que había nacido debajo de un arco iris doble, con una nueva estrella, que escribió 1.500 libros en tres años, fue autor de seis óperas y en el primer día que ensayó el ‘swing’ de un palo de golf, anotó once hoyos de un solo golpe. Pero ahí no paraban sus virtudes; tenía una que lo hermanaba con los ángeles y provocaba la envidia humana: jamás defecó.Ya suficientes viudas y huérfanos tenemos en casa, víctimas de nuestro conflicto -el mismo que se enreda más y más, en el berenjenal de Oslo y La Habana- para enviarlos a morir a manos del hijo de un loco estíptico. La paz nos gusta a todos, pero en las condiciones que se plantea hoy, se ve cada vez más lejana. Con esa entrega de los soldados nacionales a una potencia en conflicto, Colombia ingresó a la triste carpa de ‘país aliado’, junto a 17 naciones más que también regalaron sangre en Corea. Esta actitud nos ha granjeado no pocas antipatías en Suramérica, como la de votar a favor del Reino Unido en tiempos de la guerra por las Malvinas.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad