Mocita dame el clavel

Enero 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Si algo identifica a la España pícara que quiso plasmar Don Francisco de Quevedo en ‘El Buscón’, es la agrupación de estudiantes, muchos de ellos pobres, que van cantando por las ciudades universitarias con ademán valiente y un fervor de enamorados.Se cree que las tunas surgieron en España entre los Siglos XIII y XIV como consecuencia de esa nueva vida urbana que trajeron los claustros universitarios y la aparición del estudiante sin recursos, rebuscador que, sin ser un músico profesional, merodeada con su guitarra por bares y restaurantes en busca de “la sopa boba”, la que se ganaba con su ingenio.Los tunos que lograban estudiar con mucho esfuerzo, están necesariamente en los cuadros literarios de la picaresca española. No sólo alcanzaban respetabilidad, ya como profesionales, sino que disputaban novias a los ricos y ‘casábanse’ con ellas. De antiguo es bien conocido que “hombre cobarde no conoce mujer bonita…”.De esa sopa cantada y errante surgió el término ‘sopista’, una irónica transgresión del ‘sofista’ griego. Pero, en el origen de las tunas están también los ‘goliardos’, clérigos vagabundos y licenciosos que contaminaban con su sabiduría y sus artes para ganarse la vida, a los estudiantes recién llegados a Sevilla, Salamanca o Santiago de Compostela.De las cinco ocasiones que visité Salamanca, algunas de ellas como profesor, debo decir que no me sentí en España, hasta que no llegué, presuroso, a la Plaza Mayor para escuchar ese coro poderoso entre la piedra de los arcos: “Mocita dame el clavel/ dame el clavel de tu boca/ para ello no hay que tener/ mucha vergüenza ni poca… La tarde que a media luz vi tu boquita de guinda/ yo no he visto en Santa Cruz/ una boquita más linda…”.La tuna mantiene la indumentaria medieval, con capa y muchas cintas, condecoraciones, medallas, y ese aire de errancia y aventura que tanto gusta a las féminas. Sus canciones son de ayer, algunas muy clásicas, en ritmo de pasodoble y otras aluden al adiós a la universidad. La Tuna Compostelana, como la de Salamanca, tiene en su acervo composiciones muy nostálgicas acerca de ese momento de abandonar el claustro para volver al pueblo natal. En ellas, indefectiblemente llueve, hay una novia que va a llorar por la ausencia y muchos libros se quedan, ya perdidos, “en el Monte de Piedad” (Casa de Empeño).La salmantina inspiró ya una película, ‘El tuno negro’, en la cual es protagonista un músico que siempre está al frente de esta institución, con un verdadero magisterio de pandereta. Hace cabriolas con este instrumento, brinca, la hace girar entre las piernas y lleva los coros al éxtasis en la plaza. El filme cuenta la historia de una aparición, un tuno que espanta a una extranjera entre los callejones romanos de Salamanca.En lo que respecta a la etimología de ‘tuna’, existen varias versiones. La más aproximada tiene que ver con el nombre que se daba al vago mayor entre estudiantes, monarca de amoríos y libaciones: ‘Roi de Thunes’, Rey de Túnez; también, se cree que pudo provenir de ‘atún’, pez migrante, por la trashumancia de los músicos o el carácter de los ‘tunantes’ que iba desde España a otros países de Europa, para trabajar en las vendimias. Los caracterizaba su carácter alegre y jaranero.Ya en el ‘Libro del Buen Amor’, el Arcipreste de Hita evoca esos altos acordes de tuna: “En el cortejo que sale a rescibir a Don Amor: la guitarra morisca, el corpudo alaut, la reciancha bandurria, el panderete (que) con sonajas de azófar faze dulce sonete…”La tuna emigró a América a fines del Siglo XIX; se instaló en Colombia, Perú y México, entre otras naciones. En esta última, es famosa la Rondalla de Amor de Saltillo, que sabe a tuna, la misma que acompañó a Chavela Vargas y que me hizo conocer Gustavo Arango, ahí, en la región más transparente.

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