Minneapolis rondas

Junio 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Me reconvienen algunos lectores por no haber sido más explícito en mi columna pasada; sólo que tengo un problema congénito: detesto caer en la vulgaridad o, mejor, evito caer en ella.Estoy convencido que un pensamiento sutil hace más por la existencia que una pedrada en el ojo, o una descarga de palabras de grueso calibre. El asunto del sexo oral, por ejemplo, tan de moda en nuestros días, no admite un tratamiento escueto en prensa, radio o televisión. Sabía que me enfrentaba a un tema difícil. Examiné cada mensaje a pie de columna en el pasado foro del jueves, y pude notar cómo algunos comentaristas que hacen gala de culteranos, cayeron en la trampa de los bajos instintos y las expresiones fuera de tono.Quise creer que Minnesota es la república libre del sexo oral, y así lo declaré subliminalmente en mi columna anterior, para quienes entienden y no requieren explicaciones. Es claro, Minnesota es la patria de Bob Dylan, y del autor del ‘Gran Gatsby¿, el queridísimo Scott Fitzgerald, a quien le acaban de hacer homenaje fílmico, con Leonardo DiCaprio como protagonista. Al contrario de quienes la critican, creo que es menester conocer el libro para saber que se trata de una gran película. Es como ver ‘Midnight in Paris’ de Woody Allen, sin el antecedente de ‘París era una fiesta’, de Hemingway. Quien no sabe nada acerca de Gertrude Stein, del poeta Ezra Pound o de T.S. Eliot, va a ver este filme y queda más o menos en babia. Fascinante la recreación del Times Square de los años 20, con el aviso de camisas Arrow, o el Queensboro Bridge en ese momento del Siglo XX. El filme adolece de algo que no me parece muy grave: el auto de Gatsby en la novela, es de color lavanda, algo que hubiera ido perfecto con el ambiente Art Noveau y Art Deco y que recorre esta película. Hace días alguien me preguntó por qué daba tantos rodeos para expresar algo sencillo, acerca de un asunto que todos conocen. Manifesté que a veces me arrogaba el derecho de ser retórico; me gusta usar las palabras, halarlas del pelo, bajarlas de los árboles, hacerles cosquillas, tirarlas al río, pellizcarlas, sacarlas del mutismo de los diccionarios, para llevarlas por la calle, sobre la cabrilla del auto, o susurradas al oído de ellas. ¿Han notado cuánta gracia le hace a una mujer que uno le hable con dedicación y de manera firme, aunque lo que digas no tenga particular importancia? Haz la prueba; a toda mujer le gusta que le hablen, y si es de manera específica, considerada, mejor.Hay que usar las palabras; son muchas, abundantes. De las que están en el diccionario sólo empleamos un mísero 10%. Es por ello que en mi casa he creado un metalenguaje que poco a poco se abre camino; en la mesa, todos saben que cuando pido ‘juguete del destino’, es porque deseo que me arrimen la jarra del jugo. Cuando cocino, ‘el que vuelve a casa’, es el ajo, por aquello del ‘buen hijo’, el ‘buen ajo’; ¿comprenden?; ‘madureira’ es el plátano maduro y ‘cafeto’ el tinto. Si los bandidos en las calle tiene licencia y libertad para crear su propio ‘slang’, -en España los gitanos tiene su Caló General- ¿por qué los que estamos dedicados a crear nuevos universos, no podemos armar nuestra propia y doméstica jerga?Mi abuela, que era picarona, cada vez que escuchaba hablar en susurros, preguntaba “¿la mujer de quién?”, y si olvidaba el nombre de alguna persona a la que debía referirse en una conversación, completaba con “ciertos bultos”. Ella me enseñó jerigonza, así que otros no entendieran de qué iba la cosa.A la juventud, particularmente, le fascina crear lenguajes secretos. Hoy, “ir al Perú” es también sinónimo de hacer el amor. Por aquello de Machu Picchu.

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