Malestar en la salsa

Malestar en la salsa

Enero 05, 2017 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Según las más recientes declaraciones de la ministra Mariana Garcés, se puede colegir que el famoso ‘bailódromo’ prometido por Santos a la ciudad, se embolató. En buena hora, pues uno se pregunta, ¿Cali, de verdad, necesita un bailódromo?La inversión alcanzaría los $280 mil millones, una suma que estaría mucho mejor en la inversión educativa, en la construcción de escuelas y comedores para los niños más pobres.El asunto de la ‘salsa’ en Cali, que tanta preocupa a la ministra, hace muchos años requiere una reingeniería, pues ahí aterrizan hoy muchos intereses políticos, los mismos que traen corrupción y desorientación. Este fenómeno musical cayó en la sosería de la repetición y el bostezo. Prueba de ello es el fracaso absoluto de último Festival ‘Mundial’ de Salsa, al cual acudieron cuatro gatos y los parientes de los bailarines.Es una real pena que una música que identifica hoy Cali y su alegría, haya caído en decadencia. La Ministra observa que de 56 escuelas de baile que existían en Cali, se pasó en este año -según el registro del Salsódromo- a veinte. Algo está pasando, se pregunta, y tengo la respuesta: No es cierto, según el concepto tradicional burgués -empleo este término en su acepción original- que el baile contribuya a disminuir el bandidaje en las zonas menos favorecidas de la ciudad. Alguien, desde la dirigencia acuñó ese criterio, y todos lo creyeron. A los jóvenes de las barriadas les transmiten unos conocimientos erróneos del baile; les ponen unos profesores que repiten lo mismo de lo mismo: unos pasos de epilepsia, una gimnasia eléctrica donde desaparece todo sentimiento, toda entrega, devoción y respeto por una música que dejo de bailarse al piso, con arte y belleza.En el baile debe distinguirse la danza como tal, de la acrobacia. Una cosa es un paso de guaguancó, del viejo boogaloo, de Jala-Jala o de la misma pachanga, que una aptitud gimnástica donde la pareja va por los aires, sale por el arco de las piernas del bailador y corre riesgo de ser desnucada en un revoleo circense.Es natural entonces que los jóvenes huyan de una escuela que no les ofrece una apertura hacia el conocimiento real de la música Caribe y las formas dancísticas adecuadas para interpretarla. No son tontos. La salsa, como todo género musical, tiene una historia. Existen en Cali maestros de baile que no han sido llamados como instructores, por las componendas mezquinas que se manejan al interior de un escenario donde existen ya muchos intereses y demasiado dinero en juego. Aunque exclusivo de Delirio, Carlos Paz es uno de los últimos bailarines de Cali que baila bien, sin aspavientos. Su línea de danza podría ser escuela para los jóvenes, a los que también hay que inspirar con historias de orquestas, músicos y cantantes. Evelio Carabalí, otra figura de la vieja escuela, también ha sido ‘ninguneado’ de las escuelas y de los eventos de fin de año. Nadie hace un reconocimiento a su arte pionero.Entonces, la profilaxis en esto de las escuelas, el festival ‘mundial’, el salsodrómo y demás, debe empezar por remover de ahí a quienes están equivocados con el rumbo de esta música y sus protagonistas. No han visto amanecer. No distinguen un nengón de una habanera.Muchos de estos jóvenes que van a las escuelas, se quejan de no tener a veces ni para el transporte. Si Cali quiere de verdad exaltar la salsa como un ‘cluster’ dentro de sus políticas de turismo y creación de empleo –acaba de nacer el Cali Valle Buró con la dirección de María Elvira Páez - debe tener una política seria que los ampare en sus necesidades básicas, un salario que les permita educarse y brillar cada diciembre en el Salsódromo. No este espectáculo de bailarines cansados en un recorrido de 2000 metros cuadrados.Sigue en Twitter @cabomarzo

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