Los retos de Francisco

Los retos de Francisco

Junio 06, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los teólogos insisten en la hipótesis de que “cada cien años se da un gran Papa”. Fue lo que vimos con las demostraciones de fe y dolor universal que provocó el deceso de Giovanni Paolo II, como se le conocía en Italia a Juan Pablo II, uno de los pontífices más carismáticos y queridos de toda la historia.

En el recorrido por las tumbas de los Papas que pude hacer en la Plaza de San Pedro en Roma, pude ver cómo gentes de todo el mundo caían de rodillas ante la losa de mármol de este Papa, hoy santo, al que conocí en Tumaco.

Con su muerte, se abrió una baraja de posibles pontífices -hoy Colombia no lo recuerda- donde estuvo nuestro compatriota monseñor Darío Castrillón Hoyos, y también los prelados Óscar Rodríguez de Honduras y Aloisio Lorscheider, de Brasil, al igual que el italiano Dionigi Tettamanzi.

Difícil tarea para quien sucedió a Karol Wojtila, el muy querido obispo de Cracovia, con una tradición de lucha en favor de la dignidad humana.
Había enfrentado a los Nazis y se había hecho otro soldado contra la ocupación comunista de su natal Polonia. El Papa más parecido a Juan XXIII, el otro día muy venerado obispo de Venecia.

Le correspondió a Juan Pablo II conjurar los escándalos de abuso sexual por parte de decenas de sacerdotes en el mundo, y fue él quien abrió el camino no sólo para presentar perdón, sino para indemnizar a las víctimas, tarea que continúa con éxito el papa Francisco.

Juan Pablo II también extendió este perdón al pueblo judío, dialogó con ellos, y convocó a musulmanes, griegos e, inclusive, al Dalai Lama. Entendió, desde su perspectiva, que era menester dialogar con todas las religiones del mundo. Además, junto a Ronald Reagan, asumió el compromiso de sepultar al comunismo, realidad que ya estaba encerrada en uno de los Misterios de Fátima. El Socialismo fracasó ya en 47 naciones y no tendrá réplica. Sólo Cuba y Venezuela insisten en esta doctrina de la miseria.

Francisco tiene la expectativa hoy de continuar su batalla contra la pedofilia, permitir el matrimonio de sacerdotes, como en la iglesia anglicana, abrir la brecha de mujeres en la curia y aumentar el discurso de tolerancia frente a la comunidad homosexual.

Parte de los impedimentos que ha tenido la Iglesia como institución para hacer esos cambios, tiene que ver con la letra escrita en la Biblia; al igual que otras religiones, la cabeza de la Iglesia se enfrenta al reto de interpretar y acomodar a los tiempos los textos del libro sagrado, lo cual resulta, por lo menos, una auténtica utopía. Pablo VI, no obstante, permitió la apertura de la iglesia hacia formas modernas; abolió el uso del latín en el culto y dio licencia para la llegada de la música popular a los templos, adaptada a los cánticos religiosos, a través del Concilio Vaticano II. También, hizo que los sacerdotes ofrecieran la liturgia de cara a los fieles, lo cual en el pasado se hacía de espaldas. El uso del latín tenía que ver con el carácter sacro que se le imprimió por siglos a esta lengua, en la cual fueron escritos los textos sagrados una vez Roma se erigió como imperio y adelantó las traducciones del Arameo.

Juan Pablo II, no obstante sus constantes aperturas a otros credos y sus múltiples viajes, fue considerado “bastante conservador”. Los tiempos cambian, pero no las religiones. El temor al pecado permanece y las prohibiciones fundamentales se encuentran en casi todas las doctrinas.
Fue diferente hasta en sus funerales. Él mismo permitió que fuera paseado en hombros, ya difunto, por la Plaza de San Pedro, y exhibido a millones de fieles de todo el mundo, acto que la Iglesia no permitió por mucho tiempo en sus fastos fúnebres.

Francisco hará historia, no lo dudamos. Su visita a Colombia hizo correr un viento fresco por valles y montañas. Ahora debe remar contra las naves más ortodoxas de Roma.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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