Lluvia de estrellas

Lluvia de estrellas

Marzo 29, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Lentamente el paisaje se vuelve desértico y aparecen las primeras dunas al fondo de una costa que levanta varios techos cónicos, los últimos que construyera Inglaterra en el estilo administrativo de las colonias. Quizá, en las riberas de los ríos en la lejana India, es posible encontrar esta división urbana que además de hermosa, quería ser eficiente; la estación de trenes, la prefectura de policía, la iglesia, la taquilla de tiquetes ahora desolada.Me encuentro en Picton a punto de tomar el transbordador que nos llevará al Condado Príncipe Eduardo, frente al lago Ontario, ese mar interior del Canadá. Los coches van ingresando a la cubierta con un ruido metálico y atrás queda el aire de una pequeña panadería donde acabo de saborear el cinnamon roll –pastel de canela- más delicioso del mundo. Ni siquiera en las panaderías de Nueva York donde se rinde culto a esta joya de la repostería sueca, la misma que compite en las calles con el aroma de los bagels de tradición hebrea, es posible hallar una delicadeza similar.Hemos venido aquí con ánimo vacacional, pero al fondo algo me dice que una sorpresa me espera entre estos arenales donde los canadienses juegan al mar del verano. Los niños hacen castillos, y en la limpidez del aire escucho el chillido de los alcatraces.Inmerso en esas aguas cálidas, tengo de pronto la sensación de estar en el Caribe; busco palmeras, pero la orilla me devuelve el brillo de los poplars, árboles que hacen brillar sus hojas como espejos.La tarde transcurre con la emoción de pescar un pequeño stripe bass, casi en la orilla, el mismo que quise devolver al agua, pero mi mujer insiste en guisarlo con soya y brócoli chino. Es la primera vez que pesco en aguas canadienses y el homenaje me abruma, por el tamaño del pez. Tiró como si fuera un gigante de doce libras.La tarde transcurre entre el humo de los armarios de roble y nogal donde los indios iroqueses ahúman salmón, una técnica que trajeron los ingleses a Buenaventura, hace muchos años, y fracasó delante de la vieja tradición de ahumar al aire libre y sobre parihuelas de estopa.Los iroqueses cuelgan el pescado en ganchos de ropa, dentro de armarios que tienen una abertura en la base. Debajo, ponen leña y hierbas aromáticas. El pescado lo venden envuelto en hojas de periódico. Con mis dos kilos de smoked fish envuelto en el Toronto Star, avanzo hacia el refugio donde se ha hecho una fiesta que es más un premio de consolación a mi primera pesca.La noche llega con un pentagrama de luces en las ventanas; es como si las estrellas hubieran bajado a grillar alrededor del dormitorio, entre el fuego de la fogata donde ya alguien toca una mandolina.Salimos a la noche y caminamos grandes tramos en silencio, diciéndonos cosas en ese tono alto que tiene el mutismo; tengo conciencia, de pronto, de estar más cerca del polo, y me parece mentira ver una estrella que viaja veloz hasta apagarse a lo lejos. Debe pedirse un deseo cada vez que ves una estrella fugaz, y lo hago cumplidamente. Vamos en busca del muelle de troncos, sobre las aguas del Lago Ontario, y nos tendemos ahí, en la oscuridad, con el rostro hacia la tinta de la noche. Abajo se oye el paleteo de los enormes pinos que sostienen el muelle, como si fuera el respirar acezante de los ahogados.Una gavilla de estrellas nos baña desde arriba; dos, tres, cuatro, cinco… no recuerdo ahora cuántas conté y cuántos deseos pedí. Años después, supe que todos se cumplieron, menos el más devoto: que ella estuviera siempre a mi lado.

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