La visita de la serpiente

Agosto 23, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Ya el alcalde Armitage tranquilizó a la población con respecto al temor de muchos ciudadanos de verse más expuestos a la delincuencia callejera, con el retiro del polarizado en los automóviles. El grito en el cielo fue más que todo de las madres que llevan a sus niños al colegio y ahora sienten tranquilidad de no ser observadas por los cacos en las paradas obligatorias de los semáforos.

Por mucho tiempo me negué a polarizar por considerar que era una postura de traquetos y narcotraficantes. Sin embargo, debo confesar que hoy voy más tranquilo, pues los asaltantes de semáforo no saben si quien va al volante es un poeta o un gángster. Para efectos de seguridad, es mejor que piensen en la segunda opción porque armado de versos llevo las de perder.

El nuevo Código de Policía debería tener aplicación discrecional. En medio de la maraña de nuevas normas, me parece plausible la del ruido. Nada puede ser más molesto que los vecinos que escuchan música a muy alto volumen, principalmente en fines de semana. Multa justificada.

Lo que me parece impopular de este código, sobre todo en Cali, es la prohibición de compartir bebidas espirituosas en parques y otros lugares públicos. La capital del Valle es hoy una de las ciudades con mayor población juvenil en el país; lugares como el Bulevar y algunos espacios de San Antonio, Parque del Acueducto y El Peñón, eran propicios para que lo muchachos, en santa paz, compartieran un vino de fin de semana, sin verse obligados a visitar lugares donde les cobran mucho dinero y en ambientes que no son de su predilección. Es lo que en España se llama “botellón” y enriquece el paisaje urbano de fin de semana, pues la muchachada va a los parques con su bebida comprada a precio de estanco, a poner una nota de guitarra.

Prohibir el botellón es empujar a los chicos a promover jolgorio en sus casas y, claro, exponerse a una multa.

No sé si el Código contempla multas para quienes dejen enmontar terrenos baldíos. No debería comentar este asunto aquí, por tratarse de una queja particular, pero lo haré porque no sé a qué otra instancia acudir para que el dueño de un terreno junto a mi propiedad se digne, de vez en cuando, podarlo. Vivo en la 19 norte, donde termina Santa Mónica, junto a la montaña. Hernando Guerrero me dice que la casa que ahí existió hace muchos años, era muy bella, de una familia Berón Caicedo. Cerca pasaba una quebrada y Hernando venía con amigos a pescar sardinas. Este predio está unido hoy a la Reserva Natural de Bataclán y conforma un corredor de bosque que va hasta Monteloro; pasa por detrás de construcciones como Aldebarán y otras. El aviso de venta del lote desapareció hace unos dos años, y ahora todos dicen que este predio es “de los Carvajal”, cosa que no creo porque siempre he entendido que “los Carvajal hacen las cosas bien” y no van a permitir que una propiedad afecte a un vecindario. El predio en cuestión no ha sido podado desde hace un año; dicen que es “área protegida…” Pero, en aras de la ecología, del respeto a la naturaleza, tengo que cortar cada ocho días ramas de palmeras que entran prácticamente hasta mi cocina. A mediados del pasado año encontramos una serpiente enroscada en la marquesina del comedor auxiliar, amén de toda suerte de bichos rastreros que entran hoy a mi casa por las ventanas que dan al tupido bosque.

Me pregunto, si una serpiente venenosa sale de ahí y ataca a un niño, a un perro, causa una lesión mortal a alguien en mi casa, ¿de quién será la responsabilidad?

Me dice Fanor Luna que en otra época existió en Cali una Oficina de Ornato que se encargaba de vigilar terrenos enmontados y sancionaba a sus propietarios. Sé que mi caso se multiplica por toda la ciudad que hoy luce “barbuda” en calles, barrios y avenidas. Una vegetación que alcanza ya, en muchos casos, el interior de las viviendas.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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