La rebelión de los taxistas

Mayo 10, 2017 - 11:55 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El paro de taxistas de ayer revela la inconformidad de estos trabajadores con la comunidad que los rechaza en favor de Uber, y delata también la enorme brecha cultural y educativa que existe entre muchos de los que prestan hoy este servicio con la otra franja que acude solícita y amable a un llamado de transporte.

Ser taxista no es fácil; deben entregar al propietario del vehículo $65 o $70 mil diarios, con el carro “tanqueado y lavado”, además de hacer extenuantes turnos para poder ‘cuadrar’ la economía familiar. Si son propietarios, deben someterse a largas esperas para obtener las licencias de operación, las cuales duplican hoy el valor del vehículo.

Alguna vez, inspirado por la película ‘Taxi Driver’, protagonizada por Robert De Niro, tuve el sueño de ser taxista en Nueva York, uno de los trabajos más apasionantes que alguien pueda imaginar. Ni siquiera lo intenté porque apenas pisé suelo estadounidense, Eduardo Márceles Daconte, el notable escritor y crítico de arte, residente entonces en Manhattan, me llamó para escribir en El Puente Latino, uno de los primeros sitios web de prensa en español con base en Nueva York. Ganábamos dinero a montones hasta que el portal se quebró allá a fines de los 90.

Pensé que era una buena idea ponerle taxímetro a los ahorros, y compré dos taxis nuevos en Cali, los mismos que manejaba a control remoto desde Estados Unidos, hasta que me convencí que yo no iba a ser ningún Romeo y Buseta, y que la supuesta fortuna que podía ganar con esos dos vehículos, rodando en dos turnos por las calles de Cali, era apenas una quimera.

Como no he aprendido a cambiar una llanta, y escasamente sé lo que es un radiador, los conductores me timaban y claro, el dinero se esfumaba. Diariamente me llamaban a decirme que se había partido “la siquitrilla de la chiribonda” (¿?), que era menester “cambiar el cardán”, que había problemas con la chumacera, que los exostos estaban atascados, que los bujes necesitaban bujías y era urgente cambiar las llantas. Parecían carros viejos; ni que no los hubiera visto llegar recién importados de Corea.

Supe a tiempo que ése era otro género literario que desconocía, ciencia infusa, y decidí venderlos, hasta que un día de camino a casa, un taxista me reveló el secreto: “Este negocio es bueno si usted como dueño maneja sus propios carros; de lo contrario, pueden estar nuevos, pero les darán pata hasta acabarlos...”.

Se trataba de un taxista conversador y amable, como son la mayoría, consciente de los problemas de su gremio. En ese diálogo permanente con ellos, he conocido conductores melómanos, letrados, que hoy son mis amigos. Hemos intercambiado música y libros. Algunos me llaman de vez en cuando a saludarme, y a ofrecerme viajes a Popayán, a Buga, a Buenaventura. Con ellos va uno en absoluta confianza, pues muchos pertenecen a esa franja profesional que no encontró trabajo en su especialidad; ingenieros, abogados, licenciados en distintas áreas.

Infortunadamente, los patanes se encargaron de dañar la imagen de este gremio; aquellos que llegan pitando a tu casa, apurando, esperan dos minutos y se van. Los que tienen el carro hecho miseria y no les importa, los que acosan a las mujeres, lo que se encabronan por no tener vueltas para el billete de cincuenta, los que sacan cruceta para darle al usuario ante una diferencia, los que fingen estar recién llegados a la ciudad y dan infinitas vueltas, los que olvidan encender el taxímetro, los que cobran 80 mil por una carrera al aeropuerto, los que mantienen el auto con un spray con aroma de frambuesa, tipo motel, y se niegan a bajar las ventanillas, “porque se les va el aire...”.

En una sociedad competitiva, debe existir trabajo para todos. Los taxistas educados y buenas personas pueden convivir con Uber, como ocurre hoy en todas las capitales del mundo.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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