La punta del iceberg

La punta del iceberg

Febrero 16, 2017 - 03:32 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Es bueno que esté pasando lo de Odebrecht, porque lo que hemos visto hasta hoy es solo la punta del iceberg; lo que viene es comparado a cinco procesos ocho mil juntos, pues Eleuberto Antonio Martorelli, el funcionario de esta compañía brasileña que se declaró Daniel Santos, va a empezar a cantar ahora sí con robateo de bolero, merengue, bachata, conga y Te Deum también, pues los congresistas, alcaldes, concejales, gobernadores, que aparecerán envueltos en esta maraña, quedarán sepultados para siempre bajo la losa de la corrupción.

No es la primera vez, amables lectores, que una ordalía como la Odebrecht ocurre en el Tercer Mundo. De ello pueden estar seguros. Buena parte de la contratación de carreteras, megaobras como la que une a Brasil con el Perú, autorizada por el expresidente Toledo, hoy prófugo de la justicia, ha estado aceitada por los dineros del soborno.
Hasta el momento, se sabe que la firma brasileña repartió 788 millones de dólares en 12 países; toda una aplanadora para ganar a como diera lugar, con lo que Papini llamaba “estiércol del demonio”. El becerro de oro, los dólares por millones, despertaron la codicia, rindieron éticas, códigos morales. La corrupción avanzó pierna arriba de estas repúblicas fáciles, bananeras. El dinero del pueblo terminó así en gruesas cuentas bancarias en Andorra, en Suiza, en Panamá, en Islas Caimán.

En Colombia, particularmente, cada vez son más los nacionales que acuden con desgano a pagar impuestos –cuando los pagan- conscientes como son muchos del destino de la tributación. Estos impuestos no se ven en buenas escuelas públicas, universidades, parques, carreteras. Muchas obras de caminos, vías, se hacen intencionalmente con asfalto de tercera, el mismo que se deteriora al primer aguacero. Vías que están en buen estado, de pronto son picadas con taladro para hacer ahí algo peor; pero es que la contratación no se puede detener.

Cali, por ejemplo, está llena de puentes peatonales que nadie utiliza. ¿Alguien puede preguntar cuánto costaron, por qué se ordenó su construcción en zonas donde son absolutamente inservibles? De hecho, aquí como en Buenaventura, algunos de esos puentes se han caído. Siempre es menester inventar algo nuevo para robar.

Cuando uno ve nuestra pobre república sumida en estos descalabros, piensa que es necesario empezar de cero. Colombia debe ser reconstruida y un movimiento de transformación moral debe sacudir sus cimientos. Nos acostumbramos a la desidia, al robo, al engaño, a las carreteras que nunca terminan, las mismas en las que se invierten millones de dólares y luengos años. ¿Cuánto ha tardado la doble calzada a Buenaventura? ¿Cuántas veces se han robado el dinero del acueducto del puerto?

Como diría el maestro alemán Bertold Brecht, “hay que trastocar todo el Estado”; aquí no se salva nadie. El que no tiene dinga tiene mandinga. Cada vez que surge un líder capaz de revolcar las viejas estructuras, este cae asesinado. Recordemos a Gaitán, a Galán. Todo aquel que ose pisar el terreno de las grandes mafias políticas y económicas de Colombia es convertido en mártir. Quien desee morir por la patria grande que dé un paso adelante.

Decía al inicio de esta columna que es bueno que esté pasando lo de Odebrecht, porque un tocar fondo, una situación extrema de corrupción en todos los ámbitos, es la que puede dar al traste, de verdad, con las viejas castas políticas, y obligar al ciudadano de a pie a tomar partido por la verdad y la justicia.

Bienvenido Odebrecht para que con su fuerza de tifón arrase con todo lo malo y nos deje ver con claridad a esos que señalábamos desde los días de las grandes marchas estudiantiles: “Ahí están, ellos son, los que roban la nación”.

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