La primavera del Pacífico

opinion: La primavera del Pacífico

Cuando se comparten fotos de la costa del Pacífico en redes sociales, muchos preguntan dónde quedan esos paraísos, pues ignoran que estas playas, estos parajes con bosques de palmeras, como los que describía Isaacs en ‘María’, están a menos de tres horas de Cali.

La primavera del Pacífico

Mayo 24, 2017 - 11:55 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Cuando se comparten fotos de la costa del Pacífico en redes sociales, muchos preguntan dónde quedan esos paraísos, pues ignoran que estas playas, estos parajes con bosques de palmeras, como los que describía Isaacs en ‘María’, están a menos de tres horas de Cali.

La costa del Pacífico no existe –no ha existido- en Colombia. A veces me preguntan de dónde soy, y sólo digo: “costeño”, con la seguridad que responderán “¿Barranquilla, Cartagena, Santa Marta?”. Pertenezco a la costa colombiana de mayor extensión, donde se refugiaron los hijos de África después de la abolición de la esclavitud. Ahí se creó el mayor número de palenques y el cimarronaje tuvo su impronta libertaria. Algunos de estos pueblos y aldeas continúan como en el siglo XIX, sólo que ahora cuentan –cosas del progreso y la modernidad- con una planta de energía y los vicios citadinos que ha traído el paramilitarismo y el narcotráfico: camionetas lujosas, discotecas, ropa de China, prostitución.

Buena parte de lo que puede ser identificado como símbolo de confort y bienestar, llega hoy al Pacífico por la vía de la ilegalidad. Cuatro o cinco capos se dividen el control territorial, mayormente en las zonas estratégicas para el tráfico de coca hacia Estados Unidos, Europa y Asia, y amparados en la elección popular de alcaldes, eligen al gobernante de turno. Los votos llegan por la vía del dinero en efectivo, aguardiente, comida, contratos, promesas de nombramientos.

Todos los peores males del juego democrático han sido adoptados ahí con el silencio cómplice de sucesivos gobiernos. A nadie parece importarle la suerte de Buenaventura, de Tumaco, de Quibdó. Pueblos sin agua, sin escuelas, sin hospitales, sin techo, sin alimento, sin escenarios deportivos, con ancianos de valiosa memoria dejados en el olvido, con una música, un folclor y una gastronomía que cualquier nación del mundo pudiera desear para hacer con ellos un emporio turístico.

Pacífico adentro, las aldeas parecen dormir, en su primitivismo, el sueño de los siglos, y en los centros más poblados despierta por estos días una primavera hecha de rabia, de protesta largamente esperada y también de esperanza. Los miles de ‘Pacíficos’ que salen por estos días a marchar, se amotinan porque esperan ver por fin el agua en sus grifos, esperan ver a sus hijos bañados camino de una escuela donde ya no sea posible sentarse en el suelo, o volver a casa porque “a la maestra le dispararon”.

Sólo con la actividad portuaria, la pesca y la extracción razonable de otros recursos naturales como la madera, el Pacífico podría vivir dignamente. Pero no ocurre así; las riquezas se van hacia el interior del país, al exterior, y en manos del pueblo del litoral no queda nada. Sólo explotación y miseria. Hasta el recurso humano es llevado del interior de Colombia para laborar en las empresas ahí establecidas, pues al nativo no se le da trabajo, no se le capacita para atender estos compromisos.

Alguna vez el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, me refirió cómo su padre, cuando era niño, lo amenazaba con “llevarlo a Buenaventura”. Vino hasta aquí en un barco de su familia –el abuelo de Bryce era banquero- y lo que vio en nuestro puerto allá a fines de los 30, era “lo más parecido al infierno”. El diario “Libération” de Francia, también dejó en la historia una crónica que definió a Buenaventura como “el peor pueblo del mundo…”. El poeta Álvaro Mutis lo describió como un lugar donde “soplaba una brisa piadosa” y el cronista Germán Santamaría, al ser enviado por primera vez ahí, empezó diciendo: “Aquí está Buenaventura, como quien dice, el África…”

Ahí, Monseñor Gerardo Valencia Cano encontró una infinita belleza. La misma que hoy, con gran valentía, defiende el prelado Héctor Epalza. La primavera ha regresado.

Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas