La paz de los sepulcros

Septiembre 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al medio día de ayer, mientras buscaba un tema para la columna de hoy –iba punteando la misa cubana de mi brother Francisco en Holguín- me encontré con el titular de El Tiempo que anunciaba “un día histórico para Colombia”, porque al fin, con la llegada del guerrillero Timoleón Jiménez a La Habana y la presencia del presidente Santos, “se podrá anunciar al mundo la paz de Colombia…”.No entendí por qué no me alegraba; una noticia de esta dimensión es como para dejar todo tirado en casa y salir en mi camioneta a dar un ‘tatatᒠpor las calles, mientras las amas de casa sacan banderas y bacinillas por las ventanas; como cuando gana mi Selección. Pero nada; me asomé al balcón y sólo un helicóptero parecía sobrevolar cerca de la Torre de Cali. Ningún ‘tatatá’, ni el himno nacional en las emisoras, ni los locutores deportivos amplificando “Colombia, tierra querida”, o “Carmen de Bolívar”. Nada. Un silencio de Viernes Santo.Al pie del teclado, pensé, como muchos colombianos, que medio siglo de guerra es un tiempo que define un ‘statu quo’ y llama a la incredulidad y la desesperanza. Como si nos hubiéramos acostumbrados a la zozobra de las bombas, los secuestros, la extorsión, el narcotráfico, los campos minados. Qué bueno sería que en verdad cesara esta horrible noche.Pero, el escepticismo colombiano proviene de un proceso de paz hecho a espaldas del país. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que se negoció en La Habana, quiénes serán los próximos congresistas de las Farc, cuánto dinero pagaron los cabecillas de esta guerrilla para ver legalizadas sus fortunas, en qué bancos está su dinero sangriento, y hasta dónde se comprometió en Cuba el derecho sagrado a la propiedad privada.Quiera Dios que en un tiempo cercano o lejano, los colombianos de bien no tengamos que vender nuestras casas para irnos a vivir a un mejor lugar, como ocurrió en Cuba, en la Venezuela de Chávez, en la de Maduro.En una reciente alocución de Santos en la inauguración de la nueva planta de etanol de Riopaila Castilla, expresó que “nadie va a pactar un proceso de paz para venir a pagar 30 años de cárcel…”, declaración tácita de la ausencia de justicia frente a quienes han cometido crímenes de lesa humanidad.Sin justicia, es claro, no habrá paz; si continúa viva la víbora del ELN y las denominadas Bandas Criminales, ejércitos irregulares que operan con impunidad en todo el territorio nacional.No habrá paz en Colombia, mientras miles de niños se quedan sin escuelas, mientras políticos corruptos ser roban el dinero de la educación y los desayunos escolares, mientras un ciudadano tenga que esperar varios años para una cirugía –en muchos casos, cuando llega la orden de operación, ya el cristiano yace bajo tierra-, mientras las universidades cobran matrículas astronómicas que niegan el paso a jóvenes promisorios. Y no habrá paz en Colombia mientras no podamos salir a pasear por nuestras ciudades y pueblos después de las siete de la noche; no podemos tener paz si caminamos mirando a los lados y atrás, porque no sabemos en qué momento tenemos un cuchillo en el cuello o una pistola en la espalda. En los semáforos aguarda la muerte, como en los cajeros electrónicos, en los centros comerciales.No podemos tener paz si los ancianos no tienen seguridad social, una pensión digna que les permita pagar su propio funeral. No podemos tener paz si vivir es tan caro y morirse es peor; si queremos parecernos a Nueva York o a las capitales europeas y tenemos las calles llenas de indigentes.Ahora entiendo el silencio de ayer, en “este día histórico para Colombia…”.

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