La mano de la madre

Julio 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Todas las culturas han encontrado siempre una forma de perpetuar la vida a través de la muerte; para ello se inventaron las estatuas, los mausoleos regios, la taxidermia. Sorprende hoy ver las momias de los faraones, los cadáveres embalsamados de personajes como Lenin, cuyo cuerpo se exhibió por muchísimos años en la Plaza Roja de Moscú. Creo que fue Gabito quien lo encontró demasiado diminuto en su sarcófago, como un muñequito de pasta, el titán que había liderado la Revolución de Octubre.Anteayer, al azar, encontré una noticia que me sobrecogió: en Brooklyn, ese bello condado neoyorquino, en uno de esos apartamentos que están seguramente cerca del East River, los vecinos de un edificio acaban de encontrar a una mujer en compañía del cadáver de su madre, fallecida hace ya tres años.En el instante en que las autoridades penetraron ahí, ella le tomaba la mano, charlaba con la difunta de esos asuntos que suelen tratar madres e hijas, como el clima, algún traje perdido en el fondo el closet, la cena de Pascuas del año pasado.La mujer, de nombre Chava Stirn, fue declarada en insania mental y recibe hoy tratamiento siquiátrico en el Hospital Maimonides de Nueva York. Según se conoció, Chava es sola en el mundo y sólo tenía a su madre cuando esta falleció. Decidió no enterrarla, sino que diariamente cenaba con ella. Empujaba una silla desde la cocina y ahí junto al lecho, comían juntas, compartían la misma habitación.La soledad en estas megaurbes es un asunto que adquiere proporciones endémicas. Hoy, en París, un programa de compañía para ancianos, permite que jóvenes del mundo, previo el cumplimiento de requisitos, se alojen en sus casas, mientras estudian o trabajan, sin ningún costo. La contraprestación es compañía, diálogo, el chin-chin diario en la cocina, esa música temprana de platos y pocillos que permite pensar en el despertar de la vida. El aroma de humanidad que puede traer en las mañanas un café compartido.Quizá no existe un drama humano mayor que el de un anciano todavía en la plenitud de sentidos, que no encuentra un hijo, un nieto o un amigo, para hablar y recordar. Casi todos mis mejores amigos son mayores; de ellos aprendo diariamente, como cuando se consulta un buen libro.El reporte del diario New York Post con respecto al drama de Brooklyn, decía así: “Entre el vaho de las tardes de verano en Brooklyn, Nueva York, se encontraba el cadáver de Susie Rosenthal. Su hija lo había dispuesto de esa manera, como en una película de Hitchcock, desde que la señora falleciera hace ya unos tres años. Y de esa manera, casi momificado, el esqueleto de Susie supuestamente compartía cada noche la cena con su hija; las ventanas herméticamente cerradas, lejos del bullicio de las ambulancias y fuera de las posibles miradas indagadoras de los vecinos del edificio”. Vivir, desde el más allá, fue también un ritual de aborígenes americanos. Entre nosotros, el cacique era sepultado con sus joyas, con la cena servida, el poporo repleto de chicha y hasta con sus mujeres. Se elegían para él las mejores galas. Los griegos creían que al morir era menester llevar una moneda debajo de la lengua para pagarle a Caronte, el barquero, el encargado de llevarnos al otro lado.Postdata: Leonardo Medina, Rodrigo González Caicedo y Jorge Arturo Díaz, de Astauros, me hacen caer en cuenta de un error en la columna anterior. Confundí el título “El verano peligroso” con “Muerte en la tarde”. Gracias por ello.

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