La luz y la tarantela

Mayo 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Cuando un fotógrafo puede domeñar la luz para que esta parezca sacada del túnel de los años 30, y pone una pincelada de rojo tenue en las frutas de un vendedor callejero, para que la mano de Vito Corleone escoja una duraznos que irán dentro de una bolsa de papel kraft, antes que suene el primer tiro en esa calle de Nueva York, podemos decir que este fotógrafo es también pintor y poeta.Era el caso de Gordon Willis el genio de la fotografía, sin el cual Hollywood no será igual. El mejor homenaje que podemos hacer a su trabajo, es volver a ver la trilogía de ‘El Padrino’, la misma a la que se vuelve como a un libro delicioso, o repasar, cuadro a cuadro, otras de sus obra maestras: ‘Annie Hall’ (1977) y ‘Manhattan’ (1979). La vieja tabaquería por donde pasa el jayán, aprendiz de capo, en esos primeros años del Siglo XX, continúa en la Little Italy. Willis iluminó ese lugar cercano a Mott Street, para que la voz ronqueta y aflautada de Vito Corleone pareciera recién llegada a América, e implorara al jayán una rebaja en la vacuna, mientras éste iba entre buhoneros con traje blanco de lino, polainas, sombrero y un puro, colectando la moneda del miedo.Willis hizo inolvidable ese tránsito del joven Corleone hacia un lugar secreto el viejo edificio, donde guardaba una pistola, mientras abajo resonaba la pólvora y la fanfarria en honor a San Genaro. Poner un dólar en el traje del santo, era un ritual siciliano. Una de las tareas mayores con el filme, la que retrata de manera fundamental el trabajo de Willis, tuvo que ver la boda de la hija del capo. Es una mañana de inicios de los 30, cuando ya la debacle es verdad en la casa de los estadounidenses, pero la mafia celebra, gasta dinero, compra autos nuevos, golpea a la prensa y a la policía. Corleone baila lentamente con su hija, y en el giro del vals, se observa su mandíbula abultada, el rostro cenizo de un hombre acostumbrado a “repartir justicia” desde el tableteo de las metralletas Thompson. Es el inicio de la primavera y en el patio un hombre viejo canta una tarantela; mujeres robustas, con maquillaje excesivo, aplauden, cantan, lejos de la miseria; exhiben diamantes en sus dedos gordos.Willis fue hasta el sur de Italia para retratar esos yermos, aquellos viejos palacetes donde la saga familiar del padrino encuentra refugio. Fue con su cámara detrás de Apolonia, la mujer que enamoró al hijo de El Padrino, y siguió de cerca al grupo de mujeres vestidas de luto que acompañan a la joven pareja. Dio dimensión histórica real a ese momento en que un rebuzno anuncia la explosión de un auto en medio de la campiña, y puso la distancia necesaria a la cámara, para que un sicario, vestido como un sacerdote, pareciera una estampa descrita por Giuseppe Tomasi Di Lampedusa. A Gordon Willis se le llamó con justicia ‘El príncipe de la oscuridad’, por su magisterio al momento de producir efectos dramáticos en una escena. De niño, veía cómo su padre transformaba actores y actrices con la magia del maquillaje. Era un artista imprescindible para Warner Brothers. “Hacer una fotografía bonita es lo más fácil del mundo. Pero una fotografía que remata una imagen, de arriba a abajo, en coherencia con el contenido, eso es lo más hermoso (...). No se trata de poner la fotografía al frente de la historia, sino de que forme parte de ella”, decía.

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