La juma de ayer

La juma de ayer

Diciembre 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

De un día para otro nos convertimos en uno de los países más sobrios del mundo. Conducir ahora es maravilla, pues uno sabe que es poco probable colisionar con un borrachito en contravía.Las multas son millonarias y acarrearán, como en los países civilizados, supresión temporal y definitiva de la licencia de conducción. La mayoría aprueba la medida, pues por culpa de conductores ebrios Colombia ha perdido más de 15 mil nacionales en los últimos 30 años. Toda una masacre sólo comparable a una guerra, o a un ataque con gas sarín a un pueblo como Lenguazaque, en Cundinamarca.Muchos colombianos que perdieron la vida en buses decembrinos llevados al abismo por conductores alicorados, o arrasados, en plena inocencia, en cualquier calle del país, perdieron también la oportunidad de ser padres de familia, excelentes jugadores de fútbol, presidentes de la república o senadores.Cuántos de estos infortunados compatriotas hallados lívidos en la orilla de ríos ignotos, después de rebotar como semillas de maraca dentro de buses sin frenos, hubieran podido ser, por ejemplo, alcaldes de Bogotá, concejales de Cali, gerentes de algún instituto descentralizado.No; era menester parar la sangría que produce esta combinación de alcohol y gasolina. La medida puede parecer impopular, pero era necesaria en un país de gente que “maneja mejor” cuando está bajo los efectos del ajenjo, o recibe sorpresivos fluidos del más allá, de un Ayrton Senna, o del más acá, de un Fittipaldi.Tendremos problemas, claro. A usar Listerine sin alcohol para evitar una multa de 1 millón 700 mil; si usted es sacerdote y levanta la copa dos veces al día –dos misas, dos copas- puede estar en problemas. Dura es la ley, pero es la ley.La medida, además, terminará afectando de manera contundente al propio pueblo. Será menester, sobre todo en esta época, contratar un borrachólogo para cada bus urbano, que se encargue de aliviar tensiones y evitar daño en bien público por parte de los miles de beodos que van a preferir dejar la moto guardada en la sala de la casa, para aplicárselos a fondo y viajar en MÍO.Se intuye que los taxistas recibirán beneficios, pues al tenor de una rumba seria, será mejor dejar el carro en el garaje y desplazarse en alfombra amarilla por la ciudad. Unos chelines extras caerán en la hucha del taxista, es cierto, pero es necesario que la alcaldía disponga desde mañana cursos urgentes para conductores, que les enseñen a lidiar jumas de primer, segundo y tercer grado.Es necesario que los taxistas distingan bien entre alguien que está 'prendo', un 'mediacaña', un ‘chavorro’, un ‘sabrosón’, un borracho clásico, un ‘enlagunao’ o alguien que definitivamente está sumido en una perra inmarcesible.No hay nada peor que un borracho que rehusa pagar una carrera, o que decide ir hasta Palmira, dar vueltas por Jamundí, cuando su vecindario está realmente en Bretaña.Con los cursos de inglés, francés, y talleres de apreciación musical -he topado ya con chóferes que me saludan en la lengua de Shakespeare, con buen acento, y derivan el dial hacia una sonata de Johannes Brahms en Carvajal Stereo, lo cual está bien y es loable- se hará gran tarea enseñándoles a pastorear ciudadanos en avanzado estado de embriaguez. Una de las primeras lecciones, fundamental, es enseñarles a encontrar las llaves, y otra, ayudarlos a ingresar en el recinto familiar sin dejar caer el ‘tomemija’, la chuleta o la sobrebarriga a la criolla, cuya eventual caída, con estrépito, puede causar ruptura matrimonial ante la cólera, justificada, de la amada insomne.La borrachología, quien lo creyera, dejó de ser ciencia abstrusa, para ser hoy en Colombia más popular que el sicoanálisis en Argentina.

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