La ecología lejos

Diciembre 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Después que calentaron la atmósfera del mundo a punta de plomo, minas quiebrapatas, burros bomba, collar de arepas con metralla, cilindros de dinamita, los guerrilleros colombianos serán ahora “aliados en la búsqueda del cambio climático”. De ello está convencido el presidente de los colombianos que alista ya cientos de uniformes verde montaña para los que se convertirán en guardabosques, consejeros de paz y aliados, amigables, con el planeta.Leo todas estas noticias y me froto los ojos para saber si es verdad y, en serio, cuánto desearíamos los colombianos que estos ahora buenos muchachos que tanta pólvora y sangre han hecho correr por la tierra colombiana, aconsejados por el zureo decembrino de la paloma de la paz, se vayan de rositas por los pueblos aconsejando a los campesinos para el buen uso del agua, contribuyan ya de manera civilizada a la eliminación de combustibles fósiles –por otro camino, reventaron miles de veces el tubo del oleoducto Caño Limón-Coveñas- y ayuden a limpiar los ríos que convirtieron en ciénagas de mercurio y alquitrán.La verdad, no veo a ‘Timo’ con un altavoz en París, en Bruselas o en Nueva York, protestando contra el calentamiento de la tierra. O Márquez en un barco de Greenpeace disparando contra los barcos balleneros, o a ‘Catatumbo’ reforestando el Catatumbo o la cuenca del río Meléndez, o peleando a brazo partido con los colonos que siguen sacando madera de las riberas del Amazonas.El asunto ecológico llegó tarde para la guerrilla, por su misma concepción del mundo enquistada en las luchas socialistas de los años 60, cuando la prioridad era la tenencia de la tierra para su explotación agrícola, un modelo que fracasó en Cuba y en otras naciones. América Latina fue, en los 60, un escenario en el que actuaban terranientes, gobernantes déspotas, dictadores, frente a una masa desharrapada.La guerrilla de las Farc ha centrado buena parte de sus conversaciones de paz en La Habana, en una supuesta reforma agraria, -sin interlocutores-, pues ahí no ha sido convocado nadie que sepa de verdad del asunto agrario en Colombia, y que les explique, con plastilina si es preciso, que la tierra dejó de ser el quid del problema, que una creciente masa campesina emigró hace ya más de treinta años a las ciudades, que sus hijos engrosan hoy una próspera clase media de Twingo y apartamento propio, y que los nietos de esos viejos labriegos no quieren saber nada de sembrar papa, yuca, perejil, tomate o mandarinas.Porque el mundo cambió y lo que determina hoy el PIB, es una industria de servicios. Bancos, grandes cadenas de supermercados, inmobiliarias, la economía rentista, productores de alimentos, representantes de tarjetas de crédito, diseñadores de moda, tiendas de ropa, aerolíneas, empresas de transporte, casas de cambio, mercado automotriz, facturan hoy mucho más, al año, que un cultivador de papaya, arroz, fríjol o algodón.Centrar pues el asunto de la paz en la redistribución de la tierra, es un concepto que obedece a esquemas económicos del siglo pasado. ¿Cómo poner a producir una montaña, un valle, un llano, sin tecnología, sin gente que quiera hoy, como ayer, sembrar bajo el sol y enfrentar el albur del clima?Muchos campesinos que no alcanzaron a encandilarse con las luces de la ciudad, llevaron estas a sus pueblos. Lo vemos en el Valle. Municipios como Palmira, Jamundí, Buga, Tuluá, son una réplica de Cali, con grandes centros comerciales, discotecas, bullicio, y muchos de los vicios citadinos, sin trazas, en muchas hectáreas a la redonda, de las rutinas de laboreo que otro día distinguieron estas villas.

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