La duquesa del Cauca

Diciembre 08, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Las fotos de la casa de Rosita Jaluf de Castro en la revista española ‘Hola’ han desatado una polémica envidiosa, una discusión bizantina que habla de “esclavitud”, razas, clases sociales, temas muy candentes hoy en un mundo que se cae a pedazos ante el asedio de la pobreza.Una foto de estas en casa de los Hohenloges, en la visita de las infantas del reino de España a Costa de Marfil o un paseo por el trópico, de tantos que hace al año la Duquesa de Alba, no provocaría ni medio párrafo adverso.Pero claro, Rosita no es marquesa ni duquesa; es una señora colombiana, de Cali, a la que de pronto visita la revista que registra ágapes y saraos de la realeza, y ahí es Troya. Todo porque al fondo de una fotografía familiar, aparece parte del servicio doméstico, algo que en Colombia no es ningún lujo. Aquí cualquier clase media tiene una ‘negra’ –que no afrocolombiana- o ‘india’ en la cocina. La misma que sazona rico, plancha camisas, sirve tintos y con los años se hace parte de la familia. El Valle del Cauca, al igual que el sur de los Estados Unidos y ciertas partes de California, conservó maneras señoriales del pasado, las que afroamericanos recalentados confunden hoy con ‘esclavitud’ o segregación. Las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos hicieron que el racismo fuera ilegal ahí. Pero estos movimientos, al igual que los feministas, llevaron el tejido ideológico racial, la connotación sexista, al extremo. Es lo que no tuvo en cuenta el fotógrafo de ‘Hola’ cuando puso la escena familiar de Rosita en el contexto de una Europa donde este tipo de servidumbre desapareció hace varios siglos. Las ‘esclavas’ de hoy ahí, vienen de Europa Oriental, son albanesas o ucranianas; y en las casas de España e Italia buena parte del servicio doméstico proviene de Filipinas, República Dominicana, Ecuador, y últimamente, Colombia.Parece que el ‘pecado’ que señalan los críticos inoficiosos, es el de reconocer que muchas de las mujeres que trabajan en las casas vallecaucanas, son de origen africano.Pienso ahora en un restaurante como Cali Viejo, donde la atención corría por cuenta de unas negras bellísimas. Un lugar así hubiera sido lanzado hoy a la hoguera por los inquisidores de nuevo cuño.El Valle del Cauca, a diferencia de otras regiones del país, se ha caracterizado por tener un burgo discreto. Una norma de oro prohíbe hablar de dinero. La fortuna, la prosperidad, tampoco se muestra en público y se queda generalmente en el ámbito familiar. Sé que a Rosita Jaluf, jamás le paso por la cabeza “mostrar riqueza”; sencillamente abrió la puerta de su casa para una revista extranjera, y está siendo denostada, gratuitamente, en medio de un una polémica en la que relucen, es verdad, exagerados puntos de vista.Que haya aparecido en páginas centrales de ‘Hola’ con un título que habla del ‘Beverly Hills’ vallecaucano y de “mujeres poderosas”, adjetivos todos propios de una publicación de este corte, tiene con dolor de cabeza al jet-set criollo que daría el oro y el moro por aparecer ahí, aunque fuera en tercer plano.Una vez en Manhattan, vino a mí una reportera de la revista Newyorker y me preguntó qué desayunaba todos los días. Sin pedirlo ni desearlo aparecí en aquella revista como si fuera una estrella rock, diciendo que “de donuts poco”, y más bien café colombiano con arepa… por este vitrinazo involuntario, algunos connacionales me odiaron. Así que Rosita, disfrute este champú de celebridad que le llegó desde España, tómelo con humor, y no haga caso a la insidia.

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