La blonda cabellera

Julio 26, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Componer boleros es una de las gracias del talento más difíciles que puedan encontrarse. Catalino, El Tite Curet Alonso, que era un maestro del género, fue consultado alguna vez por García Márquez acerca del resorte que hace célebre una composición. Me contaba El Tite, que le dijo: “Un bolero no puede ser demasiado culto, intelectual, y por el contrario debe acudir a los instintos más bajos de la pasión, dichos en un lenguaje que guste al noble y al plebeyo…”.

Hace un tiempo tuve la costumbre de ir en las noches a los Centros Artísticos de la noche caleña, donde están los tríos de serenata, en compañía de un amigo que ya no está. Inspirados por la sobrebarriga de El Bochinche, dejábamos en las mesas poemas con unas letras terribles, a cual más desgraciado. Estas composiciones de corazones sangrantes y vidas desdichadas, aniquiladas por el veneno del amor, las escuchábamos después en la radio como propias de un serenatero insigne.

Decidí no volver a componer boleros, sobre todo porque en ellos se notaba demasiado el artificio de la falsía, y para ser un buen poeta en este difícil género creo, la primera condición es la autenticidad. El juglar del amor nace, no se hace.

A diferencia de Santos Discépolo en el tango, que era un culto, creo que todos modos la ‘buena’ poesía es necesaria para que perdure una canción: “Da lo mismo que sea cura/ colchonero/ rey de bastos/ caradura o polizón…” (Cambalache. S. Discépolo).

Por fin escuché atentamente la letra de un bolero que dice “en el negro azabache de tu blonda cabellera…” y claro, encontré una inconsistencia tremenda. Si el pelo de la dama es negro azabache, no puede ser al tiempo blondo (rubio), como no sea que el rapsoda esté pensando en esas cabelleras que de pronta se tornan platinadas o de color cabuya, tirando a sueco. Lo que en España se define como una “rubia de bote”. La expresión sirvió para hacer competencias secretas en los bares de Connecticut, para distinguir entre una rubia original y una de bote. Más difícil ahí, donde prima la herencia anglosajona. Hay mestizas que simulan tan bien sus blondas cabelleras que cualquiera puede pensar que son originales. Y cosas así. Sigo en intriga, por ejemplo, acerca de un color que no he podido definir y que es un glorioso lugar común en el bolero: el cielo tisú. Si alguien lo sabe, favor darme luces a pie de columna.

Pero, la tapa de la incongruencia la encontré en ‘El Relicario’, un viejo pasodoble que se interpreta también en ritmo salsa. Ocurre que un chaval (la historia es española), fue apañado en la calle por una buena viejecita. El niño nunca supo quién fue su madre, “porque la ingrata lo abandonó”. La madre adoptiva le puso al cuello un escapulario, como un sudario, para que lo librara de todo mal. El chico se convirtió en un gamín adulto y andando el tiempo apareció en un redondel como un gran torero. Tuvo suerte. ¿Adivinen qué pasó? Una marquesa le dio su amor. Esto desde luego, sólo se ve el reino de la literatura, porque una vieja aristocrática, prima hermana de Fernando VII no le va dando afecto a un tipo descastado, por valiente que sea. Lo más tenaz de esta composición es que la dama, de alta cuna y de baja cama, “se enteró”, dice el pasodoble, que “era un plebeyo, y con gran desprecio lo abandonó…”.

O sea, uno no entiende. ¿Pensó acaso que el gañán venido a más tenía la sangre de Carlos V, era un Borbón, había jugado tresillo con los tataranietos de Juana La Loca?

Para colmo, la marquesa fue a verlo torear una vez -ya nada de nada entre los dos-, y el tipo por estar mirándola se descuidó y cayó en la arena fulminado por “una corná”, aferrado al relicario que le puso la viejita cuando lo recogió en la calle.

Tenaz. A veces, en asuntos de música popular es mejor oír pero no escuchar.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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