Kalimán y Chang Li Po

Junio 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Mucho antes del apogeo de la telenovela o ‘culebrón’, como se le denomina en España, la radionovela fue la reina del barrio. Aunque la radionovela aparece en el mundo ya al inicio del Siglo XX y es prácticamente contemporánea de la radio, tiene su apogeo en Colombia entre las décadas 1950 y 1970. Se le atribuye al científico alemán Henrich Rudolf Hertz, la primera emisión de radio, allá a fines del Siglo XIX, en 1888, de ahí que se hable en este medio de ‘ondas Hertzianas’, y a Reginald Fessenden la primera transmisión propiamente dicha, desde Brant Rock Station, en Massachussets, en la Navidad de 1906, cuando pudo emitir desde ahí el sonido de su violín con las notas de ‘Noche de Paz’ y una breve lectura de la Biblia. La transmisión fue escuchada también en los barcos que pasaban cerca de ahí.En el archivo de una emisora como Nuevo Mundo, matriz de Caracol, se encontraron hasta 124 libretos para radionovela, todas ellas con temas costumbristas, folclóricos, algunos históricos, y por supuesto en la línea del romance trunco, de los niños perdidos que buscan a sus padres -historias inspiradas en Albertico Limonta, el héroe del El Derecho de Nacer que pasó su vida buscando a sus verdaderos progenitores-, narraciones que hablan todas de un mundo que busca su lugar, un sitio, en un momento particular en que grandes masas campesinas emigraron a las ciudades, muchas de ellas empujadas por la violencia partidista.La mayoría de las radionovelas que llegaron a Colombia después de los años 50, eran producidas por al CMQ de Cuba, y la Cadena Azul.Campesinos que apenas habían escuchado el canto del gallo, llegaban de pronto a las nacientes ciudades colombianas, y se sumaban de manera abrupta a la vida laboral y también a los asentamientos subnormales, donde encontraron con el tiempo un lecho, un techo, alguna educación para la prole.En ese contexto de grandes migraciones iletradas, con escasa educación, debe entenderse que el imperio de la oralidad, proclamado desde la radio, fue una bendición en los ratos de asueto. Diversión, compañía inseparable, una manera de recrear el tiempo mientras la vida pasaba pacífica y violenta en la noche de los barrios. De ahí, la puesta en escena de un gañán del campo que de pronto se enamora de la hija del caporal o, en el mejor o peor de los casos, de la primogénita de un terrateniente. Viene a ser el estereotipo de una historia en la que se escuchaban frases tales como “no te casarás con mi hija”; “no me importa que seas pobre; lo importante es que te amo…”, confesiones dejadas caer al desgaire de unas tardes, mientras el viento soplaba debajo de las palmeras. La radionovela era la reina del barrio.Desde la orilla del tango, se había cantado hasta el cansancio a ese esquema de la diferencia de clases, cuando el amor toca a la puerta. Algunas composiciones emulaban breves relatos, novelas cortas, en las que un plebeyo reclamaba oxígeno, “mi sangre aunque plebeya, también tiñe de rojo…” “Ella de noble cuna y yo humilde plebeyo, no es distinta la sangre ni es otro el corazón…”·, y se preguntaba, implorando al final: “¿Señor, por qué los eres no son de igual valor?”.El asunto de la lucha de clases, estaba pues latente en las radionovelas. Kaliman y Chang Li Po, fueron auténticos héroes populares. La sintonía, lo que se denomina hoy con la expresión inglesa el ‘rating’ de las emisoras colombianas a inicios de los 50, subió considerablemente a raíz de la emisión de radionovelas cubanas o mexicanas. Álvaro Castaño Castillo, director de la HJCK, cuando se cumplieron 400 años de la publicación de El Quijote en 2005, pudo emitir 25 capítulos realizados por la BBC de Londres, en formato de radionovela, última gran audición que tuvo este género en Colombia, en pleno Siglo XXI, cuando se creían olvidada la radionovela.

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