Juegos de guerra

Septiembre 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al escuchar la alocución del Presidente, en la cual dijo, con voz contrita, que irá “hasta las últimas consecuencias” para defender el mar territorial de las pretensiones nicaragüenses, no pude evitar recordar al tristemente célebre teniente general argentino Leopoldo Fortunato Galtieri, cuando en un afán desmesurado por conjurar la crisis de gobierno, lanzó a su país a una guerra desigual con Inglaterra, que dejó en las arenas de las Falklands a 649 muchachos argentinos.En tiempos de crisis gubernamentales, muchos mandatarios echan mano del fervor patriótico, en torno a una causa unificadora. A Santos se le acaba el tiempo, pues en este noviembre deberá decidir, ya oficialmente, su aspiración reeleccionista, con una favorabilidad actual del 21%, según la muy seria encuesta de Gallup. Tiene al frente el desgaste reciente del paro nacional, la desconfianza de las Farc para aceptar con prontitud los puntos de su agenda de paz y la oceánica vergüenza -con tamaño de 75.000 kilómetros cuadrados- por el fallo de La Haya.Colombia es la nación del sur de América que más rápido ha conjurado los niveles extremos de pobreza, en los últimos diez años. Mientras en otras naciones desaparece la clase media, aquí se robustece, con nuevas migraciones sociales, desde la base hasta el centro, fruto de políticas económicas favorables en el ámbito de la vivienda, la salud y la educación. El país debe ajustar los compromisos del TLC a las necesidades reales de la población, y permitir una rectificación que revalore el campo y permita a los pequeños y medianos industriales, un margen de competitividad, con aranceles blandos, préstamos y políticas facilitadoras, en el tema de los insumos.Con la educación, el deporte nos brinda hoy no pocas satisfacciones en las justas internacionales. Somos una nación que compite y gana, que aparece ya con clasificaciones insoñadas en otras épocas. Esto, desde luego, comprometió una nueva política de apoyo a los jóvenes deportistas, mejor alimentación y condiciones de vida.Quizá no es demasiado lo que hemos logrado, pero es algo. El mundo reconoce los progresos de nuestro país, y es por ello que no podemos dilapidar ese buen comienzo hacia la prosperidad –al fin rompimos la brecha- en una guerra.Observamos, pues, a un Presidente ansioso, con la precipitud de quien ve cómo se derrumba el juego y, saca, a última hora, una carta que puede salvarlo. Curiosa actitud para quien sus más cercanos amigos reconocen como un maestro del ‘bluff’, ese arte de la simulación en los jugadores de póker. Ese mar que el cadete Santos conoció bien y que, así lo recordó, “juró defender”, podría verse en los próximos días resguardado por una línea naval artillada, en el límite que Colombia defiende; juegos de guerra que pueden empezar como un cerco disuasivo, pero juego peligroso, al fin y al cabo. Nunca se sabe cómo terminan estas amenazas bélicas, sobre todo cuando se subestima la capacidad de respuesta del hipotético enemigo.Ortega es un chafarote comunista, alentado por el bloque de los Maduros, los Castros, los Evos, mamertos que reciben ayuda bélica, abierta o clandestina de China, Rusia y Corea del Norte. Todavía no termina el novelón del barco coreano interceptado en Panamá con abundante material de guerra en sus bodegas, cubierto con sacos de azúcar cubana.El fervor patriótico por la declaración de un presidente que sale a mostrar pantalones, remonta las encuestas. Pero, cuidado; este lenguaje es peligroso, porque alimenta ánimos de reyerta, una situación en la que muere ese mismo pueblo que vocifera detrás de una bandera.

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