José

Junio 28, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Decían que era el primer hijo de mi abuelo, “un amor de juventud”, y llegaba a la casa en silencio con una Biblia debajo del brazo. Viéndolo, en la distancia, podría ser un Yamatji, un aborigen australiano, o un santo escapado de alguna secta en India. Alto, trigueño, llevaba el pelo entrecano en los hombros y una barba que acariciaba despacio. Había decidido vivir como el más humilde de los mortales y por ello nunca aceptaba una silla. Sentado en el suelo repasaba versículos del libro sacro en un susurro casi inaudible. Descalzo, prefería no comer con nosotros en el comedor. Sólo admitía siempre una taza de sopa, la que consumía a sorbos lentísimos, mientras alzaba los ojos al cielo y repetía salmos.

Más tarde entendí que él, mi primer tío, visto como un paria por parte de la familia, era uno de los mejores seres humanos que había conocido. Reverenciaba diariamente aquello de “no sólo de pan de vive el hombre, sino de toda palabra que sale por la boca de Dios…”.

Lavaba su escaso indumento en un río, y siempre iba limpio, con la mirada afiebrada, como si le doliera la vida. Remangaba sus pantalones blancos hasta debajo de la rodilla, como los pescadores. Decían que “la religión lo había enloquecido”, pero en verdad su demencia era de amor, de puro amor por la gente que se acercaba a tocarlo como si se tratara de un profeta.

Muy a diferencia de Oquendo, un chulo de la Pilota que había decidido “imitar a Cristo”, y aprovechaba su parecido con el Nazareno para entrar en Semana Santa por la mitad de los ríos del Pacífico, con traje talar y los brazos extendidos. Los nativos se prosternaban ante él y le llenaban la canoa con pescado seco, naranjas, plátanos maduros, jugo de naidí. Oquendo regresaba luego al puerto a beber en los bares y a presumir de sus zapatos blancos comprados con la cecina de sus fugaces devotos.

Mi tío, el santón, había dejado semilla en la Alta Guajira y andando el tiempo conocí a mis parientes costeños. Llegaron a Buenaventura con su hablar suave, como si cantaran, decididos a dejar atrás el desierto, los viejos rencores. Muy rápido hicieron parte de la vida colorida del puerto. Uno de ellos se hizo pescador de altura, capitán de barco, y otro fue boxeador. Mientras tanto, el primer hijo de mi abuelo se adelgazaba en la memoria, desaparecía, se hacía invisible, hasta que un día no supe más de sus huesos. Se esfumó de la casa hasta hoy que he dado en recordarlo en su etapa silente. Ya al final de mis recuerdos él ni siquiera musitaba oraciones; sólo indicaba con el dedo y la mirada, lo que deseaba. Agua o sopa, y ese silencio sacramental que pedía mi padre cuando su medio hermano decidía iniciar siesta en el suelo, con el libro abierto sobre el pecho.

Cuando mi abuelo falleció pidió que cuidaran de él y de un carpintero nariñense de apellido Rosero que se hizo el hombre orquesta de nuestra casa. ‘Chiquito’, como lo llamábamos, había sido trapecista en un circo ecuatoriano y afirmaba que en algunas ocasiones se había habilitado como payaso. Conservaba la risa estentórea, desternillada, de ellos, y era capaz de caminar por un cable sin vara de equilibrio y sin red. Era fontanero, carpintero, componedor de techos, electricista, desfacedor de entuertos domésticos, celestino, calanchín de nobles emprendimientos. Heredó de mi abuelo una garlopa, un metro de madera y un babilejo.

Mi tío predicador nunca fue desamparado mientras vivió, por ese mandato sagrado que dan los vivos cuando ven llegar la luz de la muerte. Lo que pidió para él fue respeto, por ser un vástago, un portador de su misma sangre.

Sé que fue sepultado en el viejo cementerio del puerto, de cara a los esteros sombríos que parecen recordarnos en la distancia el canto trece del Dante. El primer hijo de mi abuelo, el hermano medio de mi padre, se llamaba José, como el carpintero.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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