Hotel California

Mayo 04, 2017 - 01:10 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En Todos los Santos, una población mexicana a 75 kilómetros del Cabo San Lucas, un ciudadano chino fundó en 1950 un hotel de 11 habitaciones que fue adquirido luego por una pareja canadiense que lo bautizó ‘Hotel California’. Una canción con el mismo nombre, del grupo estadounidense Eagles, apareció en 1976 y fue un hit mundial. ¿Qué hace famosa y perenne una canción? Creo que la poesía que encierra, ese mensaje personal que de pronto llega a millones de personas, y que en el caso de esta melodía se ha convertido en estandarte de una generación.

El asunto serio ahora es que los Eagles dicen que ellos nunca estuvieron ahí y que este hotel no es el que inspiró la canción, de la que se lucran hoy los propietarios del lugar. Instauraron ya demanda al Hotel California de Todos los Santos, por lucro indebido.

Mientras avanza el litigio, los turistas continúan sus reservas por Internet, hasta con dos meses de anticipación, pues la ‘selfie’ frente al famoso hotel no puede faltar en el muro del Facebook.

La prueba de que este no es lugar, está en la misma letra de la canción, la que algunos juzgan satánica y otros, aseguran, era realmente un hospital siquiátrico en San Francisco.

Esta composición, como ‘Let it be’, ‘Yesterday’, ‘Satisfaction’, y ‘La isla bonita’ de Madonna, hace parte del repertorio clásico de los años 70 y 80. He visto a más de uno con los ojos encharcados ante el estribillo ‘Welcome to the Hotel California, such a lovely place…’.

Y es que ese coro acude al famoso romance del “hombre solo delante de su destino”, el que vivió la resaca del hipismo y se fue de la casa de acuerdo al estereotipo; un par de vaqueros desgastados, el pelo al hombro y una flor para mascar… Esa misma saga que se inició en la literatura con los Beatnicks y que conserva en un altar la novela ‘On the road’ de Jack Kerouac, el escritor que nos narró cómo hubo una época en que todos querían ir a ‘Frisco’ (San Francisco), por la ruta 66, de costa a costa, no importaba cómo. Lo glorioso era llegar a esa ciudad dorada para sentarse en la hierba del campus de Berkeley y escuchar al poeta Allen Ginsberg que tenía una manera muy particular de hacerse escuchar. Llevaba traje talar de India y danzaba descalzo mientras declamaba. Un grupo de músicos lo seguían con percusión de tablas, armonía de vinas y quenas. California fue por muchos años ese lugar al que era preciso peregrinar antes de morir. Por sus calles desfilaron las mujeres más divinas del mundo, con sus trenzas de flores y el sueño, no cumplido aún, de la paz y el amor.

Hoy en el campus de Berkeley, que visité en el verano 1999, quedó el eco de ese mundo que no fue, pero que tuvo el valor de creer en la utopía: “En una oscura carretera del desierto, viento fresco en mi pelo, cálido aroma de colitas subiendo por el aire, lejos, en la distancia, vi una luz temblorosa, mi cabeza se puso pesada y mi vista se nubló… tuve que parar para pasar la noche. Ahí estaba ella de pie en la entrada, oí la campana de misión, y pensaba que esto podría ser el cielo o el infierno; entonces ella encendió una vela y me mostró el camino. Se oían voces allá en el pasillo; creo que les oí decir, bienvenidos al Hotel California, un lugar tan encantador, muchas habitaciones libres en cualquier tiempo del año. Su mente es retorcida; ella tiene un Mercedes Benz, muchos muchachos guapos a los que llama amigos, bailan mucho en el patio, sudor de verano dulce, algunos bailes para recordar, algunos bailes para olvidar…” Es la letra de la canción original ‘Hotel California’, que culmina con el pedido de un vino por parte del protagonista que ha llegado no se sabe de dónde a pasar una noche. El mesero le confiesa que ese espíritu de fiesta que se vive en el patio, es algo que no veía desde 1969…

Sigue en Twitter @cabomarzo

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