Hay gallos libres

Septiembre 30, 2010 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Que le tomó cien años a las gallinas aprender a no atravesar las vías, dice Carlos Lleras de la Fuente en su última columna, de acuerdo a una reflexión de Umberto Eco.Pensé inmediatamente en un lugar que el autor italiano seguramente desconoce, donde gallos y gallinas andan a su libre albedrío, cruzan las calles en familia, con sus respectivas camadas de polluelos, ante el freno respetuoso de los automovilistas, ocupan parques y árboles y nadie se los come porque su carne no es comestible; tiene, por el contrario, aseguran, un ríspido sabor histórico.Este es quizá el único lugar del mundo donde estas aves de corto vuelo no han sido domesticadas, no conocen la incubadora y las expresiones ‘rostisado’ o ‘sancocho’, no figuran en su tradición.Se trata de San Juan Bautista, un pequeño pueblo cercano a la costa de California, donde los curas españoles de La Misión trajeron los primeros gallos de cresta altiva y plumaje lustroso, los mismos que procrearon a placer por esos lares, hasta alcanzar una población silvestre que es hoy atractivo turístico. Único lugar, también, donde gallos y gallinas fungen de pájaros, y ejercitan el albedrío que perdieron en el resto del mundo hace miles de años. Quizá así eran al principio, cuando nadie los llevaba a la olla. Pueden verse en lo alto de los árboles, en nidos de comadreo, libremente por las calles, o airosos entre las avenidas; están aquí desde el Siglo XVII cuando jesuitas y franciscanos construyeron templos de calicanto y emprendieron una de las tareas catequizadoras más ambiciosas de España en el Nuevo Mundo. Entre 1697 y 1822, lo que se denominó La Misión de Nuestra Señora de Loreto, siguió los pasos del sacerdote milanés Juan María de Salvatierra y Visconti, bajo cuya inspiración fue bautizada toda la cinta costera de California, con nombres tomados del santoral: San Francisco, Santa Bárbara, San Diego, San Luis Obispo, San Juan Capistrano, San Carlos Borromeo, Santa Cruz, San Juan Bautista.Los tatarabuelos de estos gallos oyeron hablar quizá de las hazañas de Cortés, del valor de Pizarro, y acaso, de la temeridad de Blas de Lezo, el teso, el mismo que con una sola pierna se enfrentó a la marina más brava del mundo; hoy, nadie los toca, como si fueran sagrados. California es ‘Norteamérica’, pero estos alados, con sus cantos y su vistoso plumaje entre los magueyes, le dan a esta parte del mundo el aire campirano de una aldea mexicana.La domesticidad hace comestibles a las aves de corral; así lo prueban los pavos salvajes o ‘wild turkeys’ que son cazados en Estados Unidos en temporada previa al último jueves de noviembre, cuando se festeja ahí el Día de Acción de Gracias. Los pavos salvajes, que son millares, y pueden verse en la orilla de los bosques de Massachusetts y Nueva York, son de carne magra y dura, por ser animales libres, hechos para el albedrío y no para el consumo humano.Han pasado más de cien años, los mismos que contó Eco como cifra insalvable para reconocer caminos y carreteras, por parte de estas aves, pero ellas viven a sus anchas en San Juan Bautista; ocupan los atrios de las iglesias, los techos, los baldíos, miran al viandante como intruso. Hay algo mágico en los gallos, algo en su canto que remite a lo remoto. De su altivez, hicieron los franceses una bandera. Que en pleno Siglo XXI tengamos aún gallos libres, es cosa de celebrar; de los cautivos, da cuenta la especie humana, mucho antes de que se oyera hablar del Gallo de la Pasión.

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