Gina en la hoguera

Agosto 18, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Me acusan de todo porque soy lesbiana”, acaba de decir la ministra de Educación de Colombia, Gina Parody, mujer valiente al encarar de manera nítida, sin ambages, su condición sexual, una declaración impensable en la Colombia de hace veinte o treinta años.Tengo simpatía por la ministra Parody. Me gustan sus gafas de colores, su belleza en todo tiempo, aún hoy cuando le ha caído medio país encima, pero creo que debería dar un paso al costado, renunciar por el bien de un gobierno que padece hoy el mayor desgaste.El ADN, las hormonas de los colombianos no son de Santos ni de Uribe, pero es claro que a la publicación de la famosa cartilla, se le ha dado un tinte político, y en contra de la Parody no se han ahorrado los más vulgares epítetos. Los de un país al que todavía se le ve la mancha de plátano. Colombia parece haber cambiado en las tres últimas décadas. Hoy son más los jóvenes con doctorados en universidades extranjeras; casi toda la clase media alta es bilingüe, el conocimiento del llamado primer mundo, sus rituales, modas, formas de pensar, están ya entre nosotros, y en esos niveles nadie se llama a escándalo por el transgenerismo, la bisexualidad, el derecho humano de las relaciones del mismo sexo, “hombre con hombre, mujer con mujer, y todo lo anterior en sentido contrario…”.Debates que se dan hoy en las sociedades hipercivilizadas, llegaron a Colombia y la inscribieron en el marco de las libertades sexuales, pero una gran franja de país continúa en la hegemonía conservadora del año 30 del pasado siglo.El propio Santos no midió el voltaje de su decisión al nombrar a una ministra lesbiana, justamente en el Ministerio de Educación, cuando todavía no se han decantado aquí los mitos de género. Un nombramiento que ocuparía titulares bondadosos y encomiables en Dinamarca, en Suiza, en la librepensadora Francia, aquí se convirtió en un baldón, en chisme de señoras, en comidilla de cenas familiares, y encontró su desfogue, cual olla pitadora, en las pasadas marchas en las que un pensamiento hirsuto decidió culpar a Gina Parody de querer “convertir en gays a los niños colombianos…”.Nada más lejano de la realidad. Ella, como muchos colombianos de su generación, cometió el error de creer que sus planteamientos, su forma de pensar ‘avant garde’, a tono con la realidad del mundo, podría tener eco en una sociedad colombiana que parece desconocer. Un país que todavía le da vivas a Rojas Pinilla, donde la gente cuida celosamente su aspecto personal al salir a la calle -la correa con el zapato, el color de la camisa con el pantalón- en todos los estratos, donde los curas intervienen abiertamente en política; el Arzobispo de Cali, monseñor Monsalve, acaba de inferir que quienes no voten por el “sí” son deshonestos, y donde -debemos admitirlo- homosexuales, lesbianas, son lanzados diariamente a la hoguera de la desaprobación, no está preparado aún para reconocer a un General gay, a un ministro ídem.Es tan grave lo que acaba de ocurrir con el asunto de las cartillas, que en sectores bien informados se llega a asegurar que este ‘affaire’ puede echar al traste el plebiscito por la paz. En las cartillas se pondera la apertura hacia un pensamiento universal, a tono con el Siglo XXI, pero lo que caló fue una supuesta intención personal de la Ministra, lo que sacó a la calle a miles de madres de familia ‘careadas’ y con ganas de meterle candela al Palacio de Nariño.El costo de mantener a Gina en su cargo será altísimo y lo que ella acaba de decir, lejos de crear una ola de desaprobación contra la homofobia, le da mayores razones al país que no ha salido del Catecismo del padre Gaspar Astete S.J., y de las Lecciones de Historia Patria, de Henao y Arrubla.Sigue en Twitter @cabomarzo

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