Gabo en Santa Teresita

Abril 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

A García Márquez nunca lo conocí, pero sí a su cuñado, Eduardo Barcha, casado con Beatriz López, jefe de Redacción de El País cuando me hice reportero de esta casa, hace 39 años.Yo era un muchacho de 19 años, recién salido del Colegio Pascual de Andagoya de Buenaventura, cuando me presenté en El País como aspirante a redactor. Fue Beatriz la encargada de entrevistar a los finalistas, escogidos entre cerca de 150 bachilleres. En la entrevista personal, preguntó mi opinión acerca del proceso de transición que podría generarse en España con el fallecimiento de Franco. Por esos días el Generalísimo agonizaba.Escribió en un memorando: “Favor arreglar la entrada al periódico del joven Arias. Es excelente”. Me presenté en la oficina de Hugo Lemos, jefe de Personal, quien ordenó examen médico de rigor, para el ingreso. No cabía de la felicidad; estaba a punto de cumplir mi sueño: escribir en un periódico. Mi primera crónica salió en mayo de 1975 en la revista que coordinaba Amparo Peláez; era acerca de la vida de Melina Mercouri, la activista griega a la que el cantor español Camilo Sesto celebraba en una canción. Compré varios ejemplares para enviar por correo al puerto, así que mi madre y hermanos supieran que triunfaba en Cali. A mi madre no le gustó mucho que firmara sólo como “Medardo Arias” y me exigió poner su apellido en cualquier artículo que pudiera publicar. Eduardo Barcha era el director de ‘La voz de El País’, emisora del periódico que funcionaba en la Plaza de Cayzedo. Entre él y Beatriz, me adoptaron y me llevaban a fiestas y condumios. Vivían en Santa Teresita, muy cerca del Liceo Benalcázar, a donde llegó una noche Gabriel García Márquez, de incógnito.Hago esta referencia, para puntualizar que el Nobel sí estuvo en Cali, al menos en esa ocasión. Nadie se enteró; ni la radio, ni la prensa, como fue su querer. Beatriz me lo refirió casi en secreto en la redacción de El País, y le pregunté su impresión acerca de la visita de este célebre concuñado. “No sé qué decirte, pero sí me ha impresionado verlo en el sofá de mi casa”, me dijo Beatriz. “Ha sido complicado también, porque anda en una fase muy gourmet. Le encantan los vinos más caros y los quesos. Anda muy metido en la música clásica”, agregó.Eduardo, en sus acentos caribes, era chispeante, hablaba alto y era fácil saber cuando llegaba a la redacción. Su cuñado le había traído de regalo una pequeña máquina de escribir Olivetti, de color verde, en la que había escrito ‘La hojarasca’; Beatriz quiso donármela y me insistió en ello, pero no la recibí por puro pudor literario. Me pareció que al empezar a pulsar sus teclas, empezarían a salir de ahí pueblos desolados, oficinas de plantaciones bananeras cercadas con alambradas, ciegos que tocaban dulzainas.El mismo pudor que le expresé a Carlos Alberto Caicedo Arboleda cuando quiso regalarme la máquina de escribir en la que su hijo Andrés escribió ‘Que viva la música’, además de unos discos. “Creo, Carlos Alberto, que estas cosas deben estar en un museo”, le dije, y a cambio le acepté un platicero que es hoy nido de torcazas en mi balcón.Me pregunto qué acertijos del destino encerró el hecho de llevarme a ser heredero, fallido, de dos máquinas de escribir; una del autor más notable en lengua española y otra de un escritor de culto entre la juventud de América Latina.

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