Evitar Pamplona

Evitar Pamplona

Julio 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

A veces la vida es paradójica; el escritor estadounidense Bill Hillman, coautor del libro “How to survive the bulls of Pamplona” (Cómo sobrevivir a los toros de Pamplona), acaba de ser corneado en el tercer San Fermín, mientras remontaba una cuesta.Hill es discípulo de la escuela de Hemingway, el escritor vitalista que desdeñaba a los autores de escritorio. Vivía su literatura; boxeaba en tinglados que armaban en las afueras de los hoteles parisinos, cazaba en África y pescaba en el Caribe. Hoy hubiera sido escogido por “Old Spice” para celebrar, como aseguran, el regreso del “hombre-hombre”, del macho hirsuto sin afeites intelectuales.Pero, esa escuela de Hemingway, es costosa. El tiempo cambió; cazar hoy es políticamente incorrecto; pescar también, -ciertas especies- y darle en la jeta a alguien es un discurso que está revaluado por los nuevos ángeles del pacifismo y la ecología.Es decir, Hemingway estaría hoy totalmente “out”. No obstante, una nueva generación de autores –Hill tiene sólo 32 años- todavía va a España en los veranos para correr delante de los toros y beber vino peleón en la plaza de Pamplona, hasta el canto de los gallos.Para mí, que fui boxeador frustrado y pescador con alguna fortuna, estar en Pamplona el algún momento, significaba meterme de lleno en el saco romántico hemingwayano. Sin embargo, jamás, siendo profesor de literatura en Salamanca, tuve la tentación de partir de madrugada a la cercana Pamplona, con una camisa blanca y un pañuelo rojo amarrado al cuello, cual es el indumento de esta aventura. Ni siquiera al saber, en uno de esos veranos de principios del 2000, que Dennis Rodman, el astro de los “Bulls” de Chicago, estaría regando adrenalina por esas calles empedradas.Fue José Santolaya, un amigo salmantino, quien me previno: por los días del San Fermín, no se encuentra un solo hotel en Pamplona. Es menester dormir en los parques, en medio de la algarabía del botellón –libación al aire libre- y en la mañana salir despavorido delante de los toros. Lo admito, ya no era lo suficientemente joven para meterme en ese jaleo. La habitación de hotel donde se quedaba Hemingway, permanece reservada hasta con dos años de antelación, tal es el mito del autor que amó a España hasta los tuétanos.En La Habana, tiene estatua. Aparece sentado en la barra de El Floridita, el bar donde acudía a beber su daiquirí vespertino. Y en La Bodeguita del Medio también le tienen una silla, pues ahí escanciaba sus mojitos, en medio del enjambre parlero de pescadores, beisbolistas, púgiles de barracón, tríos de “West Indies Ltd.” (Cantos para soldados y sones para turistas).El escritor provoca hoy la ironía ibérica; junto a la Plaza Mayor de Madrid, en la Calle Cuchilleros, existe un bar, vecino de Las Cuevas de Luis Candelas, con una placa que reza: “Aquí nunca bebió Hemingway…”Como tantos escritores de Norteamérica, me gusta su libro “Muerte en la tarde”, publicado inicialmente por entregas en la revista LIFE, donde describe el duelo histórico entre Dominguín y Ordóñez; de ahí a querer imitarlo, existe gran distancia. Por ese camino, cada verano la prensa española da noticia de un nuevo corneado en Pamplona. Casi nunca la víctima es local. Jóvenes de Chicago, como Hillman, o japoneses distraídos que también leyeron a Hemingway y creen que la vida es un frapé de mango. Correr delante de una cuadrilla de toros es un acto tan extremo como el manteo de cada 20 de enero en Sincelejo.

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