Evitar Machu Picchu

Julio 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En cinco ocasiones he sido invitado a Machu Picchu, y ese mismo número de veces he dicho no, pues no quiero ser vecino de tumba de Huayna Cápac. Nunca llevé flauta en mochila ni sentí que se me inflaban los poros al escuchar “El cóndor pasa”. Pero no se trata de ello, propiamente. Confieso emoción ancestral al ver cómo soplan los canutos de la zampoña los descendientes del gran Inca. El asunto con Machu Picchu y el Cusco tiene que ver más con razones médicas. No puedo visitar lugares que estén por encima de los 2.400 metros sobre el nivel del mar, verbigracia Bogotá, ciudad a la que no veo desde los tiempos de La Romana.El Ministerio de Cultura me extendió invitación a la pasada feria del libro en Bogotá, a través de Relata, y con gran pena debí declinar el honor, pues ya en dos ocasiones he estado a punto de estirar la pata en Bogotá, por cuenta de su bendita cercanía a las estrellas. La primera vez fue en el Goce Pagano de la Caracas; yo bailaba con una poeta inédita una melodía del Tite Curet Alonso, conocida como “La esencia del guaguancó”. Desde el bar, César Pagano me animaba, mientras echaba al cielorraso las volutas gordas de un puro cubano. De pronto sentí que la melodía se alejaba; me había quedado sin ánima, sin espíritu, sin oxígeno. Pedí excusas a la rapsoda inédita y me deje caer en un sillón, con tan mala suerte que éste derribó una mesa con candelabro y todo –en esa época al Goce lo iluminaban con velas– y por poco provoco un incendio.Me aconsejaron toda suerte de remedios para el soroche; té de coca con gotas de limón, ajo, poleo, tomillo, menta y regaliz. Una pócima de hojas de ruda con toronjil o marrubio, pastillas de Coramina Glucosada; nada sirvió. Por todo lo anterior, agradezco mucho a quienes desean verme en Cusco y Machu Picchu, pero moriré sin ver esas alturas. Tampoco iré a La Paz, Bolivia. Nada se me ha perdido ahí. Prefiero las costas; como reza una canción de la Sonora Matancera, “en el mar la vida es más sabrosa”. Además, ya Cali tiene mar, como dice Johanna Cote. Ella va en la mañana a Piangüitas y regresa de tarde. Y eso que todavía hay trancones. Cuando terminen la vía –ojalá sea pronto– Cali tendrá mar a menos de 1 hora. Todos los días creo que elegí el mejor lugar para vivir.P.D.: A propósito de mi columna “Evitar Pamplona”, César Gil, amigo español residenciado en Cali, escribe: “Querido Medardo, leo con una sonrisa tus palabras sobre San Fermín. Pasé dos años viviendo en Pamplona y en el segundo tuve la oportunidad de huir de la ciudad en esos días. El primero, esperaba ansioso la fiesta, pero el resultado fue que se llenó mi apartamento de amigos y de gente que ni siquiera conocía, porque no había ningún hotel donde pernoctar y acabó con destrozos que me costaron mis buenos euros. A partir del segundo día la mayoría de la gente está en un grado etílico casi insoportable, la ciudad se llena de todo tipo de turistas, que están allí sin comprender qué significa exactamente la fiesta. Los mozos que de verdad corren el encierro, se enfrentan cada mañana al mayor peligro, que no son los toros, sino los borrachos que entran en el encierro y muchas veces dificultan una buena carrera y provocan accidentes. Como comprenderás, el segundo año, después del Chupinazo, salí corriendo de Pamplona y no volví hasta que el último Sanferminero extraño, salió de la ciudad”.

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