Estremera a la hoguera

Abril 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Excesiva y fuera de contexto la reacción contra el cantante puertorriqueño Cano Estremera en Cali, por la mención, en una de sus improvisaciones, de una realidad brutal, violenta, que aqueja al puerto de Buenaventura.El soneo de Estremera fue infortunado, pero él no inventó esa degradación de un conflicto que le es ajeno al 95% de los nativos de Buenaventura, pues se trata de un guerra importada por grupos criminales de todo el país que se disputan ahí, a dentelladas, el producto billonario del tráfico de drogas.Buenaventura y sus habitantes son satanizados hoy con la cooperación pasiva de la prensa nacional que acepta todos los adjetivos y epítetos que puedan caber en esa pequeña isla; “el lugar más peligroso del hemisferio occidental”, “el nido de criminales más infecto de la tierra”, “la quinta paila del infierno”, etcétera. Exageraciones muy parecidas a un titular irresponsable con el que topé en estos días: “Niños de Buenaventura en manos de las Bacrim”; falso, no es cierto. Buenaventura es el municipio más grande del Valle, con una población escolar distribuida en 55 planteles que abarcan veredas y aldeas. Niños hijos de familias humildes que recorren muchas veces varios kilómetros para llegar a la escuela, que nada saben de Bacrim ni han sido reclutados por ellas.‘Vetar’ a un artista que además salió a presentar excusas por su fraseo, es, por demás, un comportamiento provinciano y alarmista. Estremera es un cantante al que Cali y Buenaventura conocen bien, por ser interlocutor entre la jerga de la calle y la salsa. En el vulgo está su cantera. No entiendo entonces cómo, una supuesta asociación salsera sale a condenarlo ahora, como si fuera una liga mariana, por “vulgar”, por “soez”, por “ofensa al puerto” e “irrespeto a las mujeres caleñas” (¿?).Este asunto tiene más un tufillo de fascismo, de dictadura de la salsa, pues vetar a un artista que canta lo que se espera de él -archiconocido, repito, es su estilo- es como quemar libros o volver al tiempo de la pira de brujas.El argot y la violencia de las calles siempre han estado presentes en la música caribeña. La plena ‘Cortaron a Elena’ es emblema de la música puertorriqueña, como lo son a la salsa, historias de bandidos como Pedro Navaja y Juanito Alimaña. Imagino que para la liga mariana que pide veto y hoguera, estas son “apologías del delito”.La salsa, como el tango, ha tenido en la violencia y la muerte unos temas a recrear; así como el tango cantó a los cuchilleros que aparecen en las milongas de Borges y Santos Discépolo, de la misma manera apareció en el son cubano Papá Montero, un truhán al que recordó Guillén: “…qué vena te dará la sangre que te hace falta/ si se te fue por el caño negro de la puñalada”.U otro maleante famoso, ‘Manita en el suelo’, al que evoca Alejo Carpentier, motivo de una obra sinfónica. Si el asunto moral en la música fuera coherente, ya Cali se hubiera pronunciado contra la “vulgaridad y el sexismo” que abunda, por ejemplo, en el regaetton, el hip hop y la salsa choque, géneros delante de los cuales los soneos de Estremera son veniales, maitines de monjas de clausura.O Celia Cruz hubiera sido vetada por cantar una canción ‘racista’ como ‘Bemba colorᒠ(“Pa’mí, tú no eres ná/ tú tienes la bemba colorᅔ) Traducción: “Para mí tú no eres nada, porque tienes la boca grande, eres un negro…). Pongámonos serios.

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