Este año sí

Este año sí

Enero 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En este año he decidido ser feliz. Para empezar, una hora de caminata diaria para olvidar los estragos de la ingesta del año que pasó y poder así luchar como un Quijote sin panza. Nada peor que el crecimiento ventral. La barriga es un asunto antiestético y empieza a estar ahí todos los días, para decirte que debes cambiar de talla, que nunca fue más difícil amarrarse los cordones.Para acometer con todos los fierros tan noble empresa, como si se tratara ella de una batalla feroz contra molinos de viento, hay que estar atento a los cantos de sirena, a las tentaciones. Puede ser que la morcilla de Anselma sea la mejor de Colombia, en la galería de Alameda, pero es mejor dejarla en el recuerdo, con sus rebrillos que anuncian las llamas del infierno, con su guarnición de corazón, trenza, hígado, todo regado con ají casero sobre hojas de plátano, desbordantes también de papas criollas y arepas.Pero, en serio, debo sentarme a escribir mi obra maestra; llevo ya unos 20 años de procastinación y veo cómo escritorzuelos mediocres se alzan con los lauros. Pues, no, este año les daré una muenda, para que sepan, por fin, por dónde le entra el agua al coco.Ah, la habitación, con sus libros por el suelo, sus zapatos en desorden y esa cantidad de papeles sobre el escritorio; antes de Año Nuevo, encontré ahí un recibo de lavandería de la Maple Avenue en Hartford, Connecticut, una ciudad de la que me despedí hace más de tres años, y otro de Barnes & Noble, una librería en Manhattan donde presenté la biografía de Celia Cruz que escribiera Eduardo Márceles Daconte.¡Todo a la hoguera!, sin contemplación. No más pasabordos de vuelos realizados hace más de diez años, no más tarjetas inútiles de gente desconocida, no más paquetes de galletas a medio abrir. No entiendo, por ejemplo, qué hacen en mi lugar de trabajo unas llaves de algún lugar que ocupé hace mucho tiempo, un frasco de glicerina carbonatada, un paté de aceitunas negras, un calendario del 2013, dos cajas de chiclets, 25 bolígrafos, -algunos deben tener la tinta seca-, marcados por lugares como la Universidad de Michigan, el People Bank, una gasolinera de Chicago, una tienda de abarrotes de Toronto. Con los bolígrafos y un tabaco apagado, una joya de Cuba que alguien me regaló en una fiesta, hay más chécheres: un encendedor en forma de pistola, fabricado en ‘Japón Ocupada’, dos tornillos que no sé de dónde se desprendieron pero llevo años guardándolos porque quizá encuentren su tuerca -los tornillos también tienen derecho al amor- una colección de navajas suizas, un pequeño alfanje árabe, una moneda de cincuenta, medalla de la Virgen de Guadalupe, imagen de la Morenita, sobre madera, debidamente bendecida en el santuario, un pequeño cepillo cilíndrico en crin de caballo, comprado en la plaza de Cartago, para “limpiar teclados”. Nunca lo he usado. Bolas de palo de rosa para perfumar cajones, un clavo de acero, un desinfectante de manos marca Familia, un rosario reventado, varias figuras del álbum de cholatinas Jet que guardo desde hace más de 2 años para el álbum de mi nieto, amarradas con un clip rojo. Es posible que ya las tenga, pero le guardo al Procynosuchus, un animal rarísimo antes conocido como ‘cocodrilo perro’, al lobo de Tasmania o Thylacinus Cynocephalus, marsupial carnívoro, último de su género. Ahí también, el Dunkleosteos o pez acoarazado, una bestia marina que nadie quería encontrar en sus navegaciones. Medía doce metros de largo y tenía dientes de hasta 30 centímetros. Es posible que el 1 de enero del 2015 tenga todavía estos interrogantes en mi mesa de trabajo, pero por hoy soy un dechado de buenas intenciones. De cualquier manera, ¡feliz 2014!

VER COMENTARIOS
Columnistas