En la bañera del mar

En la bañera del mar

Marzo 24, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En 1992 un barco fue sacudido por una tormenta a la altura de las islas Aleutianas, con un cargamento de 29.000 juguetes de plástico producidos por la compañía china ‘First Year Inc.’; los juguetes eran principalmente patitos, castores, tortugas y ranas para bañeras, en alegres colores.Su destino, qué paradoja, fue la gran bañera del Pacífico Norte, donde continúan deambulando después de 19 años. Este accidente sirvió para que el oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer, calculara con precisión la dirección de las corrientes marinas entre Japón, Alaska y las islas Aleutianas, y concluyera que un objeto tarda tres años en hacer el Círculo Oceánico, un giro permanente que dan las olas en esa zona del mundo.El escritor Donovan Hohn, estadounidense, con alma de niño, se dio a la tarea de perseguir esta historia y acaba de publicar un libro cuyo título parodia al de Herman Melville: ‘Moby Duck’, en el que cuenta su experiencia a través del mar del Japón, China y Alaska. En una playa de Alaska, Hohn encontró debajo de un árbol algunos patitos de caucho de los que cayeron al mar -ya blanqueados hoy por la sal marina- desde doce contenedores. ‘Moby Duck’ será un libro leído con atención por quienes aman las historias marinas. Esta me hizo pensar en célebres naufragios frente a Buenaventura. Recordé la explosión del ‘Tritonia’, y también la ida a pique del ‘Gordon’, vapores que están en la mitología porteña. Abuelos y padres hablaban de esas épocas contramarcadas con el nombre de los barcos; “los tiempos del ‘Tritonia’”.Baudilio, un viejo buzo, de aquellos que no requerían tanque de oxígeno, sino un cuchillo entre los dientes, fue en sus últimos años plomero y carpintero. Nos contaba cómo había sacado de los limos marinos, algo de la bodegas del ‘Gordon’: máquinas de coser, armas en sus estuches, árboles de Navidad, plata, joyas, y un Cristo italiano, de tamaño humano, el cual fue comprado por doña Carmen Arango, propietaria del Teatro Caldas, la misma que trajo de Roma un San Buenaventura y otros santos para la Catedral regentada entonces por el presbítero José Ramón Bejarano, sacerdote cultísimo, nacido en Nóvita, Chocó, hoy en el registro de los gramáticos de Colombia.Bejarano recibía a menudo la visita del pedagogo y también gramático Evangelista Quintana, autor de ‘La alegría de leer’; decía, medio en serio, medio en broma, que esta iglesia “se la había mandado a construir Eduardo Santos…”.Las historias de naufragios darían para varias novelas en Colombia; todavía es objeto de atención el galeón San José, hundido en el Archipiélago del Rosario, al cual le ha dedicado años de investigación el ex ministro de Minas Rodolfo Segovia.Para otro catálogo literario, las historias de robos cometidos a la iglesia, algunos de ellos objeto de folclor y picaresca, como la custodia de Badillo. En Barbacoas, Nariño, sus pobladores continúan esperando la reaparición de la corona de la Virgen de Atocha, hecha en oro y pedrería. Fue robada en 1992 y hasta hoy se desconoce su paradero.Con todo lo que se ha hablado del Titanic, no se conoce hasta el momento una buena novela histórica, que involucre aquel tiempo, el de 1912, cuando el barco zarpó de Southampton, con rumbo a Nueva York. El Trío Matamoros le cantó a la tragedia del ‘Morro Castle’, un barco que zarpó de La Habana con rumbo a Nueva York, y se incendió en medio del mar. Iba a bordo parte del burgo aristocrático habanero, con todo el ‘spleen’ neoyorquino en las literas.

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