En casa de Emily

Agosto 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La casa, de dos niveles, deja ver la llegada de los Robins y Blue jets, pájaros rojos y azules que buscan nido bajo los aleros. Senderos bien delineados conducen a la puerta de columnas jónicas que sostienen una pequeña terraza, como se estilaba en las viejas construcciones de nueva Inglaterra.Esta es la casa de la poetisa más respetada del norte de América; la morada de Emily Dickinson, hecha en el mismo ladrillo desnudo que caracteriza a esta zona de los Estados Unidos, y que alcanza su apoteosis en la vieja Universidad de Harvard.El puritanismo religioso, traído de Inglaterra, se ve también aquí en la arquitectura austera de mansiones y templos, hechos a la medida del ojo humano; las puertas están cerradas en esta morada que es ahora museo -el pasado 10 de mayo se cumplieron 126 años del fallecimiento de Emily-, pero es posible imaginar su figura delgada, vestida de blanco, en el recorrido diario que hacía “por las tierras de mi padre”, donde cuidó rosales, de rodillas, perfumó su habitación con las corolas recién llovidas, y se hizo botánica, antes de pasar los últimos diez años de su vida sin salir de casa, entregada con denuedo a la escritura de 80 tomos, los mismos que ella cosió por los lomos y guardó secretamente hasta el día de su muerte, el 10 de mayo de 1886.Amherst es hoy un pequeño poblado de 4.500 familias y menos de 40.000 habitantes, en el condado de Hampshire, Massachussetts, con la vecindad del río Connecticut. Los poemas de amor de Dickinson han sido comparados con los de Keats, y también con las composiciones de Walt Whitman. En ambos casos se nota la influencia de los cuartetos de Emerson, el poeta naturalista que ponderó la vida rural, la entrega al campo: “By the rude bridge that arched the flood, their flag to April´s breeze unfurled…”. Ralph Waldo Emerson acompaña ese aliento monástico, de contenido erotismo, en los versos de Emily. Como Santa Teresa de Jesús y Sor Juana, monja Jerónima, la poetisa de Amherst salió muy poco de sus contornos. Dedicaba todo el tiempo a escribir, a orar y a observar el apogeo del color en sus flores. Vivió en un mundo donde las mujeres tenían pocos derechos y donde un asomo de liberalidad en las costumbres era visto como libertinaje, gusto por prácticas hechiceras. De hecho, en Salem, algunas mujeres fueron quemadas vivas, al ser señaladas como brujas. La lectura de la Biblia consumía las horas de muchas mujeres, pues la práctica de lo escrito ahí era otra flor en el jardín de sus virtudes. En Norteamérica, también los varones estaban tocados por esa primera lectura, como se observan en los versos píos de Walt Whitman cuando le canta a esa América que despierta en el banco del zapatero, en las destrezas del mecánico, en las rutinas de los lancheros que recorren el Hudson o el Mississippi.Se asegura que aparte de Dios, el otro amor de Emily fue prohibido; un pastor protestante, casado, influyente y amigo de su padre. Que algunos de sus versos a él estaban dedicados, no se puede probar, pero acercarse a esta casa donde ella vivió, escribió y cuidó su jardín, es estar cerca de una de las voces poéticas más genuinas de nuestro continente. Vivió en un estado de pureza poética tal, que sus escritos sólo vieron la luz años después de su fallecimiento. Algo de lo poco que se conoció de ella en vida, fue publicado en el periódico de Mark Twain, quien vivía ya en Hartford, y ejercía desde ahí una rectoría literaria.“En mi flor me he escondido para que, si en el pecho me llevases, sin sospecharlo tú también allí estuvieras… Y sabrán lo demás sólo los ángeles...”

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