En Belén de los Andaquíes

En Belén de los Andaquíes

Diciembre 06, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

A tono con el posconflicto, o posacuerdo que llaman, he decidido pasar Navidad en la que fuera una zona de conflicto, así que la estrella de Belén descienda con su paz sobre mi testa en noche estrellada.

Ya le escribí al alcalde de Belén de Los Andaquíes, en Caquetá, el señor Edilmer Leonardo Ducuara, para que disponga el mejor lugar donde pueda yacer, reposar mi cabeza, mientras el ganado muge a los lejos y siento, por fin, los viejos aires de arcadia, la perdida patria de José Manuel Marroquín, autor de La Perrilla y de Don Marco Fidel Suárez que aprendió a leer desde el andén de una escuela.

De no tener mullido y seguro acomodamiento en Belén, pueblo llamado así por un fraile, en 1917, para hacer homenaje a la cuna de Jesús y a los nativos que habitaron esos parajes, he pensado pernoctar en Ventaquemada o en La Jagua de Ibirico.

Recibí ya invitación desde Usiacurí, un pueblo llamado así por Usía, o sea, Su Señoría, y Curí, un cacique muy cabreado que vivió ahí. La tentación me llegó también desde Abriaquí y desde el municipio de Lloró, en el Chocó, pero no son tiempos estos para la melancolía y las lágrimas. En Lloró, me dicen, llueve todos los días, como en Andagoya, y es uno de los lugares con mayor precipitación pluvial en el mundo, después de Cherrapundji, India.

Si el América queda campeón, asunto que se ve venir, puedo ponerme a salvo del vandalismo y pasar unos días en Busbanza, Chircas, Chita, Firavitoba, Oicata o Jenesano, en Boyacá, donde también puedo tener cálido abrigo en estas fechas decembrinas, tan propias para mirar el cielo y retozar entre zagalas olorosas a madreselva.

El departamento de Córdoba también abre sus brazos para mí, cual regazo maternal. Sé que puedo quedarme en Astrea, o en Chimá, donde nació un santo. Me dicen que en Bituima, Puli, Supata y Tena, en Cundinamarca procesan un queso campesino con cuyo suero es posible aderezar un consomé más poderoso que la peruana leche de tigre.

En el Huila tengo familia y no me parece nada antipático pasar año nuevo en Hobo o en Aipe, algo que no estaba en el guion de mi vida; pero se trata de eso, probar nuevos territorios, ahora que supuestamente podemos ir al Cabo de La Vela y dormir en chinchorros.

Mi vida ha dado un vuelco magnífico. No me interesan los lugares comunes; Medellín, Manizales, Barranquilla, Londres, Nueva York, Roma. Nada de eso. En este propósito de volver a sorber los aires campiranos –¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi patria!- busco la dulce sorpresa de pueblos desconocidos, lugares con nombres como Ebéjico, Peque, Ponedera, Distracción, La Nariz (en Antioquia), Angelópolis, Liborina, Luruaco, Tubará o Repelón. O sea, sitios verdaderos, genuinos, lugares donde las camas tienen aliento de ovejas, el perfume balsámico del eucalipto en las mañanas, el aroma del café colao en un trozo de tela y endulzado con un pedazo de panela.

Navidad en Soplaviento también me seduce, refocilado en una hamaca, viendo los otrora campos de arroz cepillados por la luz del atardecer…o, por qué no, en Talaigua, Cicuco o Chachaguí. En este último municipio también tengo familia, sólo que ahí me mataría la dulce tentación del condumio con cuyes a la vara y ají de huevo con aguacate.

En la lista de posibles destinos, también están Docampadó, Nuquí o Guachalito, en el Chocó, este último, tierra del sabio Darío González, más conocido como Abelito Piña.

Este deseo de escapar a los pueblos colombianos o ver la ciudad desde los farallones, mientras las calles son un infierno rojo de gente que corea “América tiene garra/ este año será campeón”, está acompañado también por el sueño de volver a ventear globos con la tapa de una olla, o de batir manjarblanco con cagüinga, como antaño. Escribiendo estas notas me doy cuenta que soy un clásico irremediable o un godo navidócrata, ansioso por dormir a campo abierto en esos lugares donde el único espanto es el viento en los yarumos.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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