Elevar La Ermita

Febrero 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Creo, una de las obras más urgentes que necesita la ciudad, es la reconstrucción del Hotel Alférez Real, además del Batallón Pichincha, la oficina de correos, junto al río, y la elevación de La Ermita.Lo del Alférez sólo requiere buena voluntad y tiempo; con fotografías de época, bien se puede reconstruir lo que sería un hotel de primera para Cali, elegante, old fashioned, con una piscina que mire al río, como antaño, un foyer resguardado por faroles españoles y un bar americano, donde uno pueda ir a tomarse una copa y escuchar boleros de Agustín Lara, mientras cae la noche tropical.Con el Batallón se puede hacer algo parecido. Las ciudades tienen derecho a recuperar sus símbolos y hacer el ejercicio utópico del sueño, como decía Marcel Proust en su ‘À la recherche du temps perdu’ (En búsqueda del tiempo perdido).Estamos gastando mucha plata en puentes, hundimientos, nuevas vías, pero no queremos saber nada del pasado, ese mismo que nos reclama todos los días, desde fotografías en sepia, que hemos ido perdiendo lo mejor, que éramos más ciudad, que quizá parecíamos más cultos, mejor anclados en el mundo.Con respecto a La Ermita, es sencillo; cuestión de aplicarle unos gatos poderosos como lo que se usaron con el edificio Cudecom, no para girarla como quiere Sirirí, sino para elevarla, que mire a la ciudad desde la altura. Una vez elevada, se le pone tierra debajo, de ese barro rojo de la vía al mar, del mismo que hizo nombrar ‘Terrón Colorado’ al barrio viejo.Esto no requiere de arquitectos europeos o estadounidenses. Aquí lo que necesitamos son cinco Benjamines, o sea, cinco Barneys, que cooperen con el trazado urbanístico de Cali, y la Administración escuche sus recomendaciones.Por no escuchar a Benjamín, hemos derumbado árboles preciosos, atravesado vías por donde no era, hasta asfixiar La Ermita, hoy cercada por edificios, como bien lo dice en su última columna. Ojalá, con el hundimiento, no desaparezca.Pablo Emilio Páez, el arquitecto bogotano que la diseñó, en esa especie de gótico tropical, sin conocer Europa, y sin usar piedra-como manda el gótico original-, sino cemento del Valle, merece el reconocimiento de todas las generaciones. Es importante que un arquitecto como Barney Caldas, esté atento a lo que está ocurriendo en la ciudad, pero es también de suprema importancia que el Ayuntamiento lo escuche. Las ciudades, como las naves de los templos, son lugares que requieren la mayor atención; casa del hombre, lugar donde se escucha el rumor de la palmera, el canto del viento, el pregón callejero. La ciudad no puede ser dejada al arbitrio de los bárbaros, y eso lo sabía Napoleón, quien ordenó personalmente el trazado de buena parte de las capitales de Europa. Por ello, una ciudad como Madrid puede ser vista en cuatro direcciones, desde un lugar de su casco antiguo, la Gran Vía por ejemplo, y tomando como referencia las alas de un ángel en lo alto de un ábside. Esa dimensión del espacio urbano es una de las batallas que deberán dar los urbanistas en estas naciones latinoamericanas donde, aparte de la plaza mayor, de herencia grecorromana, son un intrincado zoco de calles estrechas, donde apenas cabe un auto y un cristiano en la acera. Como si no fuera ancho el mundo. Nos acostumbramos a esa estrechez del paisaje citadino, a mirar para un solo lado. Las ciudades de hoy requieren libertad de canción bajo la lluvia, sobre todo si observamos la perspectiva futura de la Avenida Colombia, la que debe terminar, gloriosamente, en la imagen preciosa de La Ermita.

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