Elecciones históricas

Elecciones históricas

Febrero 21, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Se anticipaba ya que estas serían las elecciones más conflictivas de la historia de Colombia, por las características de sus nuevos actores y el enconado enfrentamiento al que han llegado dos sectores perfectamente identificados de la sociedad colombiana.

A medida que se acerca la fecha eleccionaria, recrudecen las calumnias, las acusaciones, los montajes y también las verdades. Recientemente se descubrió un entramado de testaferrato con bienes de las Farc. Una cadena de supermercados, de propiedad de este grupo, fue objeto de saqueo. A esto se suman otras propiedades que en el concepto de los entendidos, son sólo ‘la punta del iceberg’ del bien aceitado soporte financiero de Timochenko.

A los capitales espurios, fruto del secuestro, la extorsión y el narcotráfico, se suma el alarmante incremento de la siembra de coca en los campos colombianos y la inseguridad creciente en las calles de sus principales ciudades.

Miseria y desempleo en un país donde se pudren millones de dólares; los de las caletas nunca encontradas de los capos difuntos, y las que pugnan por salir al torrente económico, sin ninguna esperanza. El incremento de la vigilancia internacional en el sector bancario, hace que hoy sea imposible ocultar una fortuna; los otro día llamados ‘paraísos fiscales’ hace tiempo están en la mira de la policía internacional.

Colombia pasó rápidamente de una condición semi-pastoril a la demostración febril de una realidad donde muchas a fortunas aparecieron con la fuerza intempestiva del relámpago. Una conducta contraria al pasado, donde la riqueza fue producto del trabajo de varias generaciones.

Si algo contribuyó al cambio intempestivo de nuestra sociedad, fue el deslumbramiento de saber que el ‘paraíso’ estaba al alcance de la mano y no era necesaria una vida de sacrificio para alcanzarlo.

Tal parece que muchos colombianos acostumbrados a observar el brillo de la ciudad y sus fastos desde las laderas, un día decidieron, en cualquier caída de sol, participar de esa fiesta a la que no habían sido invitados. Bajaron en bandadas en busca de sitio frente a los ídolos, en pos de un espacio frente a los becerros de oro.

Los protagonistas de ese nuevo país que empezó en los años 70, izaron por doquier sus dos emblemas: el signo de pesos y la bandera calavérica con dos fémures atravesados, símbolos de ausencia de temor a la muerte.

De cara a unas nuevas elecciones, el ciudadano ‘del común’, el artista, el intelectual, se pregunta si todavía es preciso soñar o crear. A semejanza del caracol, va con su casa a cuestas; urde para sus adentros ese universo subjetivo donde caben, con resignada amargura, la ironía y el humor negro.

Como en las sociedades posmodernas, aquí también se cuestiona la ‘utilidad de la poesía’, su destino, su existencia real. “Parece que ha muerto”, comentan en los magacines, y algunos salen a defenderla. No puede morir la poesía; “pobrecita, hay que ayudarla…”.

Todavía faltan muchísimos años para espantar el fantasma del narcotráfico. En las barriadas colombianas son objeto de admiración personajes que a punta de tiros se ‘levantaron’ del barro para convertirse en magnates.

En los 80 aparecieron avisos muy extraños en los estadios colombianos, algo que ya hace parte de nuestra increíble historia: “¡Abajo los pobres!”; ello sin contar la ordalía vergonzosa de los escuadrones que eliminaban pordioseros en las noches, a los que se llamó ‘desechables’.

El país que va a estas elecciones es mucho más próspero que el de ayer, pero la brecha entre ‘prósperos y desechables’ continúa ahí, alimentada por candidatos que echan mano de la desigualdad para hilvanar discursos que hacen pensar en el bolivariano de Barinas.
Que la democracia colombiana salga ilesa de estos comicios, se espera.

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