El sueño de Camelot

Noviembre 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La calle es estrecha y da la impresión de haber sido, en otro tiempo, una vereda por la que rodaban carretas y caballos, como en esas “noches de Arabia” que endilgaba el poeta Carl Sanburg al lodo de invierno en los pagos del Medio Oeste estadounidense. Los charcos turbios que hace el hielo, tienen en inglés una palabra sonora: ‘Sludge’.Pero esta calle de North End pertenece a la costa Este, a Massachusetts, está en el centro de la vieja Boston, y no propiamente en Beacon, donde viven las ‘old silver families’, ahí donde es posible, aún, apreciar en días pre decembrinos, adornos navideños del Siglo XVIII. Quizá en otras épocas fue el vecindario próspero de la ciudad, donde vivían los tenderos y ferreteros que pasaban veranos en Cape Cod, en Martha’s Vineyard, en esos pagos de bosques umbríos frente al mar, donde es menester cruzar el puente de Chappaquiddick para mirar, desde un paisaje de robles y pinos, el emblema de Camelot en Hyannis Port, la casa que fuera de una familia Artúrica, bella, rica, honesta, inteligente: el lar de los Kennedy. Estadounidenses descendientes de irlandeses, católicos en un mundo protestante, políticos, influyentes, nietos de John Fitzgerald, ‘Honey Fitz’, el hijo de Thomas, el tendero del 310 de North Street.Los irlandeses transmigrados a América, creían, como los viejos celtas, en el Santo Grial, la copa donde José de Arimatea depositó unas gotas de la sangre de Cristo, y no discutían el hecho de que el Rey Arturo había encontrado su espada, la Excalibur, al fondo de un lago, ayudado por el mago Merlín.Es posible que la mítica espada esté enterrada hoy en esos pagos de la costa de Massachusetts, en lugares donde las rocas del acantilado semejan en la noche ilustraciones de Gustave Doré, con hadas y endriagos juntos a los faros, y las nieblas de Avalon, más allá del Atlántico.“Esta fue la casa familiar de Rose Kennedy”, dice una inscripción en la puerta de North End en Boston. Me detengo y toco la madera mordida por el tiempo. No es fácil estar delante del mito. Arriba, unos balcones anodinos, modernos, hablan de algunas transformaciones en el tiempo. Más, en el lugar donde está la placa, se conserva el ladrillo desnudo que distingue los edificios bajos, austeros, de la Universidad de Harvard.Es claro que de la heredad Fitzgerald sólo queda por ahí esta placa, en el centro de Boston, y pienso en una foto ya clásica en la iconografía norteamericana; Joseph Kennedy, con sus gafas redondas y algo de pelo abanicado por el viento del mar, junto a sus hijos dorados, todos de corbata negra y camisa blanca, junto a la casa de Cape Cod. También ahí, en esa imagen del recuerdo, sus hijas de grandes dientes y poderosos maxilares, y en la veranda, las mecedoras que se baten solas con el soplo del mar junto al mástil del águila con la bandera de los Estados Unidos.Joseph fue embajador en 1938, y presentó credenciales en Saint James, de levita y sombrero de copa. Hizo luego lo que haría cualquier padre orgulloso. Llevó a todos sus hijos a Londres; un yanqui de Massachusetts en la Corte del Rey Arturo.Han pasado 50 años del asesinato de su hijo John Fitzgerald. Veo a JFK entre el invierno del 20 de enero de 1961, como el capitán de una era rabiosa, feliz, innovadora, en su discurso de posesión. Tenía al lado a una mujer bella, elegante, aristocrática, que lo miraba con fascinación desde sus ojos de gacela primeriza.Justo a mediados de este noviembre, su hija Caroline, llegó en calesa aupada por cocheros vestidos a la usanza inglesa, para presentar credenciales de embajadora junto al Jardín de Lotos, en Japón. Los Kennedy cabalgan de nuevo. La gesta de Camelot no ha terminado.

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