El rollo de la vida

Enero 12, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En este tiempo en que las cosas envejecen rápidamente, me niego a archivar las doce cajas de casetes que esperan ser escuchadas otra vez, así como los innumerables discos de vinilo, invencibles ante el tiempo, los mismos que limpio con devoción, con las escobillas hechas para estos menesteres, mientras veo girar el tocadiscos y siento una emoción anterior a las edades, cuando el brazo se traslada preciso hasta el surco, para dejar caer ahí la aguja que hace coro al sonido de la lluvia.Soy, pues, un jurásico irredimible; no tengo ningún rechazo al CD, pero dudo que estos puedan durar más que estas ‘panelas’ en 33 revoluciones por minuto, que traen además la historia de los músicos, y en algunos casos, como en mi vieja colección de los Beatles, en sello ‘Capitol’, la letra de las canciones.El encanto de otro tiempo, la estética en la presentación de la música, se ha perdido, pero campanas justicieras anuncian que el ‘LP’ no morirá. Al menos es lo que se colige al observar la ‘vinylmanía’ en las tiendas de Manhattan, donde un ‘Long Play’ de Marley y sus Wailers vale más que el oro.De estos réquiem permanentes a los que obliga la tecnología, uno de los más pesados es el que tocó al rollo Kodachrome, el mismo con el que era preciso cargar la cámara; venía luego el rito del revelado. Este rollo, una de las mayores invenciones del Siglo XX, cumplió 74 años en 2009, cuando la compañía creada por George Eastman decidió culminar su fabricación.Eastman, nacido en la aldea de Waterville, New York, fue un pionero. Anota su biografía: “La fotografía que él encontró como un arte difícil y especializado, la convirtió en algo sencillo; cualquiera podía tomar fotografías con sólo obturar un botón. Convirtió la fotografía en hábil sirviente de la medicina, la ciencia y la industria, la educación y también del arte y el entretenimiento. En las investigaciones médicas, la cámara ha sido la “compañera inseparable del microscopio…”.Me queda una preciosa cámara ‘Olympus’, convertida en antigualla de un día para otro, y la ‘Canon’, con el estuche de cuero mordido por las ventiscas, la misma que usó mi mujer en su correría por el Himalaya. De esta cámara, guardo preciosas fotos de Nepal y Katmandú, de Benares y Bhutan, de esos templos donde monjes de cabeza rapada y traje talar repiten cada mañana las enseñanzas de Buda.O la ‘Zenith’ rusa, callada en un rincón de la biblioteca, ella que anduvo por Barcelona, Cadaqués, Port Lligat, Mataró, Sitges, la misma que exigía algún conocimiento del nivel apropiado de luz para obturar, no fuera que el rollo estuviera por fuera de las ‘asas’ indicadas. Algo especial pasaba cuando el ojo se posaba ahí y el ‘click’ bajaba con lentitud o rapidez, según la cantidad de luz que se quisiera atrapar en el instante. Fotografiábamos con los mismos rollos que usó Cappa en la Guerra Civil española, y con una técnica que intentaba ser como la de Henri Cartier-Bresson o la de Richard Avedon. La fotografía como una de las bellas artes.Con la desaparición del rollo, desaparecieron también los álbumes familiares. Las fotos se ‘guardan’ hoy en la frágil memoria de un computador, la misma que de pronto nos dice que esas imágenes se esfumaron y no hay manera de recuperarlas. En los primeros años de este siglo, el rollo llegó a su fin con la popularización de la fotografía digital, y el 22 de junio de 2009, la empresa Eastman Kodak anunció el fin de la producción de película Kodachrome, ante la desaparición de la demanda. Hoy, Kodak quiere salvarse. Está en la memoria del mundo.

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