El poeta y Panamá

Noviembre 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan/ ahora que albando la toca, las altas suenan campanan/ y que los rebuznos burran, y que los gorjeos pájaran/ y que los silbos serenan y que los gruños marranan…” son rezongos de La Serenata. Este es uno de los poemas que Gabriel García Márquez aprendió de memoria en el colegio secundario de Zipaquirá. Su autor era el literato y expresidente de la Nación José Manuel Marroquín. Quizá no haya sido un gran presidente de Colombia (1900-1904), pero lo claro sí es que se trataba de un gran poeta. Escritor y estadista, fue precedido en el poder por Manuel Antonio Sanclemente, y debió afrontar la dura realidad de perder a Panamá. “Me entregaron una república y yo les devuelvo dos…”, dizque afirmó con sorna Marroquín Ricaurte, cuando supo que Estados Unidos apoyó la separación de Panamá, una región que venía a ser como un departamento vecino del Chocó.Marroquín depuso a Sanclemente y lo encarceló. La historia registra que Sanclemente fue humillado y abofeteado en prisión. Representaba al Partido Conservador y Marroquín al Liberal. Sanclemente no quiso firmar su dimisión, no obstante los constantes mensajes que le enviaban para que protocolizara el nuevo statu quo con su firma.Marroquín dio plenos poderes a Estados Unidos, para hacerse a una franja de cinco kilómetros a lado y lado del canal acordado mediante el tratado Herrán-Hay, pero el Senado no lo respaldó. El 3 de noviembre de 1903, hace 111 años, Estados Unidos envió barcos de guerra a la zona, para contestar así a una hipotética respuesta bélica de Colombia, la que nunca se dio. Estados Unidos tomó el territorio de manera militar y puso de su lado a los políticos panameños de entonces que corrieron a contratar con una modista la nueva bandera del istmo, el símbolo de una nueva república.En latín existe la expresión ‘Locus amoenus’, el lugar idílico, o el espacio ameno, que remite a esa circunstancia idealizada en la que el lector prefigura el paraíso, se mece en olas de dulzura, se adormece en el placer de imaginar bosques sombríos, ríos caudalosos, días de cielos limpios, olor y sabor de comidas remotas. Marroquín siempre buscó ese instante, y su interés no estaba propiamente en la ‘lejana’ Panamá.En La Canción de Rolando, La Celestina, El Quijote y algunas de las obras de William Shakespeare, es posible encontrar, bien delineado, ese mundo que normalmente aparece lacrado, con tres sellos, vedado al ojo humano, pero que de pronto se hacer realidad, cascada y luz, flor y lucero, jardín de noche, en la poesía y la novela.Observemos lo que anota Juan Samaniego, con respecto a ese primer amor que puede despertar un texto escrito:“Yo recuerdo a algunos profesores decisivos. Hermann Buse de la Guerra, por ejemplo, hacía de la geografía una aventura. Con el bohemio profe de filosofía aprendimos algo que era lo más parecido a un método para pensar. Silva se apellidaba y andaba ojeroso como si hubiese empalmado con una noche de adormidera y vainas. Con Rubén Lingán leímos en voz alta La ciudad y los perros, que acababa de salir... Santillán Arista nos hizo casi divertida la gramática y convirtió en un asunto de honor el buen uso del modo subjuntivo.Nunca terminaré de agradecerles lo mucho que me confirmaron la férrea idea que me zumbaba en la oreja desde niño: saber más es un placer que sólo a los humanos nos está reservado; la curiosidad es la madre de todas las batallas de la mente; la lectura es magia: te dan clases los que más saben, conversas con los muertos más ilustres, viajas sin salir de casa, te enamoras de mujeres construidas con párrafos, te enfureces a solas como un loco”.

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