El oso cartagenero

Noviembre 06, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Lo que acaba de ocurrir en Colombia con la visita del príncipe Carlos y su esposa, es una verdadera vergüenza, por la pleitesía innecesaria, rayana en la obsecuencia, que se demostró en Bogotá y Cartagena.Quedamos como una republiqueta bananera en el afán de mostrar al extranjero, sin pausa, cuán eglógicos, vernáculos, folclóricos y pintorescos somos, cuando nos lo proponemos. Me pregunto si era necesario atiborrar a estos ilustres visitantes con sancochos, jugos de guanábana en leche, chontaduro, pepepán, caldo de ojo, dulce de uchuvas, tumbacatre y demás platillos de la mesa criolla. La caricatura de Mheo es elocuente; Carlos, desmadejado en una silla, es atendido por un mesero: “¿Qué le provoca su alteza? El de Gales solo responde: ‘Un alka-Seltzer…’”.No sé qué impresión se hizo el Príncipe al notar que, 273 años después de la derrota de su almirante Edward Vernon en Cartagena, salieron a recibirlo unas chambaculeras con platón de frutas en la cabeza (¿?), además de una ‘troupe’ de pajes, pajecillos, caleseros, sobachaquetas, y un alcalde con placa de mármol, en español y en inglés, en la que -casi- pide perdón por la victoria de Blas de Lezo sobre el arrogante Vernon.Carlos de Inglaterra debió pensar que Vernon tenía razón cuando hizo llegar a la corte de Jorge II la especie, equivocada, de que había sitiado y aplastado a Cartagena de Indias.Digo que el hecho es vergonzoso porque, ahora, después de empujar a una pareja real a descubrir una placa, -él de traje cruzado y corbata muy Cambridge bajo la canícula; ella, de olan de lino y sombrero como para el Derby Royal Ascot- la Gobernación de Bolívar y la pifia periodística le piden al alcalde retirar la placa.Este asunto debería importarle a España, pues fue Blas de Lezo, un guerrero nacido en Guipúzcoa, en 1689, quien, con un solo ojo, una pierna de madera, un solo brazo y unos cojones del tamaño de Tierrabomba, enfrentó a la flota británica conformada por 186 naves y 23.600 hombres, con solo 6 barcos y 3.000 grumetes hechos jirones. De él dijo Alejandro Obregón en uno de sus más célebres óleos: “Blas de Lezo, el teso, media mirada y la mitad de un abrazo, siete cojones y mares de leva pisaron victorias y gangrenas. Un balazo en la historia y el silencio de cobre para Blas de Lezo…”.La pelea descomunal que brindó este marino vasco contra los ingleses fue también una rabiosa cuenta de cobro; aunque llegó a Cartagena a los 48 años hecho pedazos, la historia le dio la oportunidad de vencer. Nunca olvidó que ya a los 24 años muchos lo miraban como un despojo humano. Los ingleses le habían volado la pierna izquierda en la batalla de Málaga; cuando salió a defender Tolón, estos mismos le vaciaron un ojo, y en la defensa de Barcelona, un cañonazo británico le arrancó el brazo derecho. Las refriegas de Málaga y Barcelona fueron comandadas por el propio Edward Vernon, al que Blas nunca olvidó. Por ello, con rabia, le hundió 50 barcos y puso la bandera de la peste sobre 11.000 de sus hombres. En serio, es la derrota más sonora sufrida por los ingleses en toda su historia, pues la carga de guerra que llevaron ahí en 1741, es sólo comparable a la flota aliada que desembarcó en Normandía en 1944.Es por lo anterior que la placa cercana a la estatua de uno de los guerreros más bravos que se hayan conocido en estos pagos, clama justicia. Es como si los herederos de los franceses que encabezaron la Resistencia contra el Fhurer, invitan a los alemanes de hoy a descubrir una placa donde se recuerda a los “valerosos nazis que cayeron en medio de grandes sufrimientos a las puertas de París…”.Vivir para contarlo.

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